Opiniones

1/12/2002

Fuente: Derecho a la Ley

Lo que no queremos del poder judicial
"UNA JUSTICIA MANIPULADA"

Desde hace tiempo la sociedad ha estado reclamando con persistencia y sin respuesta aparente que el Poder Judicial investigue la conducta de las personas sospechadas de haber utilizado las estructuras del Estado, directa o indirectamente, para perpetrar delitos.

Así mientras se exige que los responsables por las violaciones de los derechos humanos durante la década del 70, sean juzgados, por otro lado, se demanda el procesamiento de quienes, en distintos gobiernos y muy particularmente en los años noventa, protagonizaron supuestamente actos de corrupción en el ejercicio de la función pública.

El presidente de la Nación ha liderado e impulsado abiertamente los reclamos en favor de una acción enérgica contra unos y otros. Por diferentes vías se ha instado al Poder Judicial para que ponga fin a la "impunidad" y haga caer sobre los autores de esos delitos el castigo que merecen, y que el pueblo obtenga la justicia que merece.

Pero vemos a su vez que los jueces, lejos de ejercer su autonomía natural en los distintos casos que se ventilan, sufren la enorme presión que los medios de comunicación masiva están ejerciendo sobre ellos, condicionándolos y en algunos casos marcándoles el paso, lo que no es lo más propicio para que los magistrados impartan justicia en condiciones de libertad, equilibrio y que fruto del del análisis de los hechos investigados pueda saberse la verdad...

Observemos el ilustrativo y paradigmático caso del padre Grassi, declarado inocente o culpable según sean más o menos convincentes las declaraciones televisivas de los supuestos protagonistas. Parte de la sociedad se "incorpora" al proceso y presiona sobre los jueces y también sobre las presuntas víctimas y testigos. Los abogados buscan convencer a la ciudadanía desde un estudio de televisión. Los medios asumen, así, funciones cuasi "judiciales", con los riesgos que ello implica.

Finalmente vemos que la institución judicial que tiene la obligación de impartir justicia, choca con el derecho que tiene el ciudadano a acceder a la información y la libertad de la prensa para brindarla, junto con la realización de valores tales como el de la justicia, el debido proceso, la paz, la cooperación, el derecho de los menores, el derecho a la intimidad, el honor y otras garantías constitucionales.

La Justicia sólo es Justicia cuando se ejerce al margen de toda compulsión política, mediática o social. Si los órganos del Poder Judicial se sienten presionados por otros poderes del Estado, o por la opinión pública, la Justicia deja de ser independiente y los procedimientos judiciales corren en la dirección que marque el mas poderoso del momento.

Nos resulta intolerable que el poder político influya sobre los jueces, sea para garantizar la impunidad de determinados funcionarios, empresarios o integrantes de otros sectores, sea para estimular su procesamiento.

Igualmente es reprobable que los jueces se vean coaccionados a dilatar los procesos. O, lo que es peor aun, a dictar sentencias condenatorias.

Para lograse una justicia plena e independiente, cosa que en democracia muchos dudan que la hayamos tenido, es necesario que el poder político sea custodio celoso de la imparcialidad de los mismos, no su mentor y protector a cambio de servicios...

Y por supuesto es necesario que la prensa nos informe con seriedad, prudencia y equilibrio sobre las causas que se están sustanciando y que se eviten los tratamientos sensacionalistas o tendenciosos y, naturalmente, los tonos emocionales exaltados. Cuando los jueces están sometidos a fuertes presiones mediáticas, corren el riesgo de perder sus mayores virtudes: la equidad, el rigor, la imparcialidad.

La Justicia no puede depender de los sensacionalismos, los ratings, las conveniencias políticas y los arranques de histeria o euforia. Sus mejores aliados son el trabajo en silencio, la reflexión, y sobre todo, la plena libertad de conciencia de quien carga con la enorme responsabilidad de juzgar a otro ser humano.

Como argentinos no podemos seguir tolerando impunidades, pero tampoco venganzas. Nada mas lejano a la justicia que los pueblos exigen.

Es necesario evitar que cunda en la sociedad la sensación de que, en determinados procesos, la Justicia no hace otra cosa que convalidar las condenas dictadas -de antemano- por sectores del poder político o por los desbordes emocionales de una presunta opinión pública, ya que luego no podremos quejarnos si para resolver una causa, se recurre a un político para que toque sus conexiones, o a un periodista para que monte una operación de prensa.

Toda una Nación mira y espera.

De seguirse en esa encrucijada, la justicia será solo una caricatura de lo que debería ser.

Y una expresión clara de los que precisamente no imparte.

DR. OMAR EDUARDO PENNA

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E N C U E S T A
Padre Grassi:
¿Inocente o culpable?




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