Opiniones

30/11/2002

Fuente: El Partenón

Efecto Grassi: devórame otra vez

El marketing de la maldad sigue funcionando a todo vapor

El cuadro es de una cautivante fealdad. Pero es difícil quitarle los ojos de encima una vez que la vista se topa con una reproducción del mismo o, mejor todavía, con el óleo original (que se exhibe en el Museo del Prado en Madrid). Se llama "Saturno devorando un hijo" y lo pintó el gran Goya allá por 1820. La imagen, sombría y pesadillesca, muestra al personaje mitológico, desnudo, con su mirada extraviada y cabellera hirsuta, en momentos en que deglute con espeluznante delectación a su propia cría. La leyenda original agrega que Saturno castró a Urano, su padre, con una guadaña y luego devoró a sus propios hijos. Pero la verdad es que Saturno se refugió en la Argentina, tal vez más voraz que nunca, adentro de cada uno de nosotros y aún no ha llegado Zeus, su hijo menor, el que se salvó de su ominoso festín, y lo obligó a vomitar a sus hermanos.

Como contribución fundamental a la minuciosa demolición del país a la que todos, en mayor o menor medida, aportamos en las últimas décadas, no podía faltar el avasallamiento colosal de ciertas normas elementales que hacen a la garantía de un juicio justo y al respeto de algunas zonas más que delicadas de la privacidad.

En un ejercicio nada sutil de la hipocresía, mientras condenamos con aires de superación la abominable lapidación que algunos países árabes y africanos todavía usan para castigar a los que suponen descarriados, nosotros la utilizamos aquí a diario en su formato más moderno: la lapidación mediática.

El fenómeno no es nuevo, pero sí debe consignarse que el tamaño de las "piedras" que venimos arrojándonos unos a otros, ha aumentado su porte en las últimas semanas de manera considerable.

Al final, Francis Fukuyama tenía razón: la historia, tal como la conocimos, terminó. La nueva historia que transitamos en este agreste comienzo de siglo se teje en base a intrigas de alcoba, pequeñas y grandes ruindades, delaciones oprobiosas, ediciones impactantes antes que sustanciosas y el funcionamiento sistemático del marketing de la maldad que, como Saturno, sólo sacia su hambre caníbal llenando su plato sin cesar con los hijos caídos en desgracia.

Las fotos profusamente publicadas de un Javier Portales moribundo y entubado en terapia intensiva; la persecución, con cámara oculta, de Héctor Larrea tras internar a su mujer en un neuropsiquiátrico y, por sobre todo, las maneras con que se dio a publicidad la supuesta corrupción de menores por parte del padre Julio César Grassi indicarían que el "apetito" de nuestro propio Saturno interno es tal que ni los hijos alcanzan y ya hemos empezado a devorarnos a nosotros mismos a dentelladas.

El cobarde y nauseabundo registro de una persona en estado inconsciente y que, por lo tanto, no puede defenderse, vulnera su derecho elemental a recuperarse o a morir en paz y se parece, en más de un sentido, a una violación. Se trata, ni más ni menos, que de un grave delito, como que así fueron condenados quienes publicaron dos décadas atrás fotos del doctor Ricardo Balbín en situación similar. ¿Habrá ahora algún juez que de oficio investigue el atentado bochornoso contra Portales clarificando, además, si es que su propio hijo vendió o no dichas fotos?

Los trastornos en la salud de la esposa del animador Héctor Larrea no son nuevos y, aunque la asistía ese derecho, jamás fueron ocultados por su familia. Sin embargo, la televisión, para lograr un poco más de decibeles dramáticos, resolvió enviarle una "cámara oculta" para que registrara lo que Larrea, sin reparos, podría haber dicho públicamente, El despreciable recurso le produjo un serio pico de presión y un innecesario daño en su ya de por sí delicada salud.

Por su perfil alto, que no se condice con la humilde austeridad que debería observar un sacerdote raso; por sus fluidos y no siempre claros contactos con el mundo de la política y el poder; por manejar su fundación de manera autónoma, como si fuese su propia empresa y hasta por el inconveniente auspicio que le brindó la semana pasada al boxeador Marcelo Domínguez en su pelea con la Mole Moli, el padre Grassi ofrece más de un flanco cuestionable como para tenerlo siempre bajo estricta observación.

Pero para la gravedad del tipo de delito que le imputó el programa "Telenoche Investiga", lo mostrado resultó escaso y efectista.

El estado deliberativo y la sobreexposición desmesurada del tema en algunos medios gráficos y, en particular, en la televisión y en la radio, lejos de querer clarificar tan delicado asunto, parece dirigirse más que nada a sacarle réditos por el lado del aumento del rating y de la venta de ejemplares.

Que el "ruido mediático" no termine dejando las cosas como están, tal como sucedió con el fallido juicio a la Corte Suprema. Que éste no sea sólo un nuevo "entremés" para el Saturno que llevamos dentro.

Si Grassi es responsable, en efecto, del nefasto delito que se le imputa, que la Justicia lo investigue en tiempo y forma y lo condene con todo su rigor.

Pero si no lo es, ¿alguien podrá devolverle su honra?

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E N C U E S T A
Padre Grassi:
¿Inocente o culpable?




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