Opiniones

18/9/2007

Fuente: Cristo Hoy - Semana del 31 de octubre al 6 de noviembre de 2002

Al Padre Grassi
¿le colgaron el sambenito?

En los tiempos de la Inquisición el sambenito era una vestimenta que llevaban los condenados (ilustración).
Esta expresión se usa para quien recibe una falsa acusación.

Si hay algo sorprendente que resalta primariamente del caso de las acusaciones contra el P. Grassi es la gravitación extraordinaria del suceso.

Con espíritu de cuerpo los periodistas de todos los canales no dejaban de ponderar el "año de investigación", sugiriendo trabajo, seriedad, responsabilidad, pero, y aquí viene el pero, parece que la gente -y en marketing el cliente siempre tiene la razón y eso se lo sabe muy bien sabido-, en un 80 % descreía de los resultados del canal acusador apostando a la inocencia del P. Grassi.

Ante este hecho es muy singular advertir cómo se pasaba con tanta liviandad de la postura de hacer leña del árbol caído a la de subirse al carro de los vencedores. El P. Julio Grassi por su encomiable tranquilidad trasmitía la imagen de un hombre que manejaba semejante situación no sin reconocer un extraordinario auxilio espiritual.

Al principio las mesas paneles eran cubiertas de "personajes" que sin ningún tapujo hablaban de todo: que cuando eran chicos los habían apabullado de preguntas en el confesionario a la par que a renglón seguido los psicólogos recomendaban "la verbalización" , es decir, liberarse de la tremenda carga de los abusos "hablando", es decir, dándoles material a los periodistas para que siguiesen sembrando "optimismo y esperanza".

El tema del celibato entraba por anverso y por reverso, quizás como oscura causa última de tantos desvarios (una persona consagrada con problemas de celibato no tiene ningún otro desahogo que no sea la pederastía.) (¿?)

Por supuesto que EE. UU.-Storni eran los rellenos favoritos, con aditamentos inesperados, como una santiagueña a la que no la dejaron hablar de un obispo porque se les acababa el tiempo en el programa de Guillermo Andino.

Llama poderosamente la atención cómo la opinión pública se interesaba por el caso del sacerdote más que por el del arzobispo santafesino.

Vaticanistas en acción
Improvisados vaticanistas emitían sus elucubraciones: "El Vaticano ya sabía, por eso le ordenó a monseñor Laguna a que lo sepárese de presidente de la Fundación". El Obispado de Morón explícitó las razones pastorales y no otras...

Reír o llorar ante un periodismo vernáculo tan ramplón e improvisado, el televisivo al menos. No deja de ser riesgoso pasar de comentarista de escandaletes de artistas a expertos vaticanistas.

Es igual que digamos, Bolivia cobró una deuda, ¿Quién? ¿Un banco, un particular, un ministerio,una institución? ¿Qué organismo vaticano actuó? Por otra parte, jurisdiccionalmente la Iglesia tiene una estructura donde la primer instancia es el obispo diocesano, y saltarlo sería tan absurdo como un comisario que interviene en otra comisaria.

Detrás de tantas chabacanerías lo importante es crear antecedentes para dar peso al "año de investigación" en medio de la incertidumbre de no saber bien si sacar leña del árbol caído o empezar a subir al carro de los vencedores.

Fundir la Fundación
De alguna forma había que cohonestar la acción, es decir, no es cuestión de quedar como carniceros así nomás, y si es posible quedar como buenitos. ¿Cómo lograr esto? Fácil, salvando la Fundación, garantizando el salvataje, preocupándose desinteresada y filantrópicamente por ello.

A este punto es difícil saber si la ingenuidad o la hipocresía llegan a su culmen. La Fundación no es un engranaje frío como el motor de un auto al que se le puede cambiar "una pieza" (en este caso el P. Grassi). "Felices los Niños" es una institución con alma, esa alma se la infundió su fundador. Aquellos que asesinaron esta alma pretenden que ese cuerpo funcione con el respirador y circulador automático, y es posible, pero no por eso dejará de ser ya un cadáver, porque le han matado su alma.

Efectivamente, ¿cómo se sienten esos miles de chicos? Confusos, perplejos, abatidos, escépticos. Aun en el caso de que se verificasen las peores conjeturas, no se podría ahorrar tanto dolor; que, ¿es absolutamente imprescindible la verdad? ¿Una sociedad argentina abatida por el escepticismo tiene que abrumarse con estas verdades? ¿Estas verdades son tales? Aún en el caso de que la Justicia confirme estas acusaciones, las indebidas generalizaciones que inevitablemente se siguen ¿son verdades?

El derecho de la verdad
Una virtud, la veracidad, nunca puede estar reñida con otra, con la caridad, la prudencia, la justicia. En concreto, por ejemplo, si un médico delinque aconsejando operaciones, tratamientos y remedios innecesarios, ¿tan bonita y alegremente puedo denigrar todo el estamento publicitando imprudentemente la conducta de este síngulo? No, porque al introducir el elemento de desconfianza entre el paciente y el médico perjudico la labor de la medicina, sus resultados benéficos, por lo tanto no se puede depredar tan irrestrictamente con la excusa de la verdad.

En el caso del P. Grassi ya está de antemano perjudicado por la verdad así ésta lo absuelva. Para ilustrar esto, en el programa "Hora clave", Raúl Portal arrugó un papel y a renglón seguido le pidió a Mariano Grondona que lo alisase, pero como es de suponer las arrugas persistían. El periodista para el cierre reiteró este ejemplo diciendo con fastidio que el P. Grassi ya quedaba para siempre manchado, arrugado. Antes había lamentado que no se hiciese presente la otra parte (siempre hay que escuchar las dos campanas), la parte acusadora...!!!

El caso en sí
Encarcelar a una persona por una acusación no probada en que no se presuponga alta peligrosidad o posibilidad de fuga es una arbitrariedad que va de lo ridículo a lo monstruoso.

El juez se expresa livianamente contra toda la realidad de la habitación del sacerdote como una "suite nupcial" -con lo que esto, en el contexto de acusaciones sugiere- cuando las cámaras mostraban un sucucho, un altillo digno de un estudiante secundario sin siquiera un baño contiguo, -hecho que nadie ponderó-, al lado de una verdadera sala de cachivaches donde el Padre ponía los equipos de amplificación para que no se los roben.

Mostrar esas intimidades sugerirían la novena estación del vía crucis: Jesús es desnudado.

Acusar a Fabián y a Iván, dos padres de familia, de tratos íntimos con el sacerdote por el mero hecho de trabajar en la Fundación era calumnioso en todo sentido. Las declaraciones de inocencia hechas en primera persona por los propios interesados merecían la aséptica afirmación: "desmintieron." Pero los colegas periodistas no montaban en cólera ante semejante estafa pública que había perpretado "la investigación de un año" de sus pares.

Con tan solo una acusación semianónima se montó un circo descomunal, imaginemos los ríos de tinta si hubiese habido una floración de casos. Si no se han sacado a relucir más casos a pesar de haber buscado con más ahínco que aguja en el pajar, es simplemente porque no se han encontrado.

La defensa
Chiche Gelblung, de Canal 9, asumió la defensa "técnica". El acusador, persona marginal, utilizaba términos de una clase alta, "atinó", el "nada" hispánico propio de quien cruza el océano, además la voz no expresaba la conmoción propia de quien relata un hecho traumático demostrando rabia, pena, miedo.

Tan solo un día antes, gratuitamente, porque no agregaba nada a lo ya publicado, había nuevamente ensuciado a la Iglesia hablando nuevamente del caso Storni, mientras mostraban las cámaras escenas de curas gordos revolcándose en la cama con sotana, cuando se supone que si se decide pecar se peca bien y no con sotana. Un día después las circunstancias, el marketing del canal, lo forzaban a asumir la postura de defensor fidei, defensor de la fe.

Gente jugada
Ante la carencia de elementos acusatorios contundentes y probatorios no se amedrentó Jorge Lanata, sino que acudió al lugar común, caso Storni, buscando a la benefactora que gratuitamente fornió al periodismo argentino de tan enjundioso festín para que le acercara a manera de salvavidas algún elemento.

Esta señora, enterada de que el 80% le creía al P. Grassi y el 20% al periodismo argentino, desde Venezuela no dejó de sorprenderse y de quejarse por el hecho.

En su último programa, esta especie de vaca sagrada del periodismo argentino, por lo intocable, que es Jorge Lanata, volvió a la carga, porque no le parece que sea una batalla perdida , se mostró dispuesto a jugar todas las fichas por la causa. ¡Cómo la gente no va apostar a nosotros! ¡Cómo no vamos a poder terminar de hundir ese barco que ya hace agua! Le permitió al jefe de los fiscales de Morón que tire un S.O.S. angustioso para que se presente algún interesado en presentar acusaciones movido por algún afán.

No queda mucho por esperar en esta puja donde en definitiva parece que se juega más la credibilidad de gran parte del periodismo argentino que la de este sacerdote.

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E N C U E S T A
Padre Grassi:
¿Inocente o culpable?




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