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11/9/2007

Fuente: AICA

La justicia no debe estar al servicio de la venganza y la represalia

Alocución de monseñor Domingo Salvador Castagna, arzobispo de Corrientes, para el 23º domingo durante el año
(9 de setiembre de 2007)


Lucas 14, 25-33

1. Amar a Quien nos ama. Disponerse a dejarlo todo es formular una respuesta existencial a Quien nos ama en el despojo impresionante de su Hijo divino. Dios nos ama de esa manera. Su Hijo Jesucristo resume su misión en hacer conocer al Padre Dios por el único sendero del conocimiento auténtico: el amor. Dios manifiesta su inexplicable preferencia creándonos. Con una nueva y más sorprendente revelación aún -redimiéndonos- por la Cruz de su Hijo encarnado. No lograremos hacer consciente esta inescrutable verdad si no nos volvemos pobres y niños. ¡Qué lejos estamos de ese nuevo rumbo! El ambiente en el que nos movemos continuamente está impregnado del pecado y de sus infinitas secuelas. Es fatigante radiografiar el estado de quienes componemos nuestra mega sociedad. Corremos el riesgo de caer en el pesimismo y la desesperanza. Esa nueva revelación de Dios al hombre -en situación de pecado- abre una nueva visión de su propia identidad: es un Padre entrañablemente bueno. Su misericordia no tiene medida humana; su Ser desborda bondad y ternura. Hasta ahora, en los vacilantes términos humanos, la Omnipotencia divina se había expresado en la cólera y en la venganza, en la justicia sin clemencia y en la ejecución impostergable del castigo. Así lo veía el hombre, desde su angustioso pesimismo. Dios siempre ha sido como Jesús lo revela y califica.


2. También es nuestro Padre. Es preciso volver al Evangelio. Desde la bellísima parábola del Hijo pródigo -o del Padre bueno- hasta las escenas de la Mujer adúltera y de María la pecadora se produce una sorprendente manifestación del verdadero Dios. Dios es Amor, es Misericordia, es Condescendencia y Justicia, es cercanía y Verdad… es Padre. Jesús lo muestra en Sí y lo enseña refiriéndolo todo a Él que, por su mediación, también es nuestro Padre. Necesitamos renovar ese núcleo de la predicación de la Iglesia, pero, a la manera de Cristo que dirige una mirada compasiva desde el corazón de Dios. A veces reacciona contra la rigidez de los escribas y fariseos con particular severidad. Cuando se observa la facilidad con que nuestros contemporáneos se juzgan mutuamente surge el deseo de reaccionar como Jesús. Es verdad que la administración de la justicia humana no debe priorizar la misericordia sino la ley, pero, no debe excluirla del espíritu con que se aplique la ley. De esa manera se previene -en la administración de la justicia- cualquier brote de venganza. Aún se percibe el odio, a veces promocionado, tanto en el discurso como en las actitudes de muchos conciudadanos. No es el sendero que conduce a la paz. Tampoco lo es la impunidad y la insistencia en declararse exento de toda culpa y responsabilidad. La justicia está al servicio de la verdad y de la recuperación del equilibrio social perdido, no de la venganza y de la represalia. Para ejercerla debidamente será preciso disponer de un corazón sosegado y de una mente capaz de examinar con imparcialidad y equilibrio cada causa. También se requiere fortaleza para rechazar todo tipo de presión ideológica y política.


3. El misterio del Evangelio. El Evangelio causa una cierta incomodidad cuando quienes lo escuchan han cerrado la mente y el corazón a su contenido. Dios se vale de hombres para proclamarlo legítimamente. Los mismos disponen de una personal inflexión en el ejercicio de ese ministerio; el tono de la voz, la construcción literaria que le prestan, pueden causar urticaria en algunos espíritus renuentes a un examen honesto y humilde. El Evangelio sigue siendo Cristo que enseña a quienes están adheridos a su palabra y a quienes lo atienden con buena voluntad. Es conveniente desprenderse de prejuicios personales, o de grupo, para recibir su anuncio como semilla caída en tierra fértil. La Iglesia debe seguir proponiéndolo sin titubear ante el peligro de persecución que constantemente se cierne sobre ella. Sabe que es dolorosa la propuesta para un mundo que está ubicado en las antípodas de sus exigencias. Desde la escuela de la Cruz de su Señor y Maestro proyecta e inicia su actividad evangelizadora. Como el siervo descrito por Isaías no cede a la tentación de apoyar el cumplimiento de su misión en la controversia y en la prolija argumentación académica. Jesucristo es el Dios venido a la historia humana, mediante la encarnación, para recuperar al hombre. Su principal cometido no es dictar cátedra entre los filósofos y maestros de la antigüedad. Es “buscar lo que estaba perdido” y reconducirlo al Padre por un sendero decidido misteriosamente: la Cruz y la Resurrección. Jesucristo calla ante los poderosos engreídos, como Herodes y los principales de su pueblo. No así ante el temeroso e inquieto buscador de la verdad: Poncio Pilato. La Verdad que encarna no necesita ser defendida. Su existencia es suficiente.


4. El gran pecado del mundo. Jesús es la existencia de la Verdad entre los hombres. Su rostro y su palabra, sus gestos y actitudes visibles, constituyen la expresión humana -accesible a todo hombre de buena voluntad- de la Verdad a identificar y a encarnar por la fe. Sin fe nadie podrá identificar a Jesús como el Hijo de Dios encarnado y, en consecuencia, no logrará entenderlo. Es el gran pecado del mundo: “no recibir al Padre en su enviado Jesucristo”. Para revertir situación tan lamentable y trágica es preciso que resuene la palabra apostólica, portadora del Evangelio, para que el mundo se convierta y viva. La gracia que dimana de esa palabra traslada a quien la escucha a la misteriosa dimensión desde la que Dios se dirige a los hombres. El encuentro con Él depende de su iniciativa, que siempre se da, y de nuestra respuesta que no siempre se da. En el mejor de los casos el consentimiento que nos corresponde requiere de una constante purificación. En este andar temporal se constituye en la tarea principal, a la que deben subordinarse todas las demás.


5. La gran tarea. Pocos son quienes consideran la vida una misión trascendente a cumplir. Pocos son quienes entienden que la tarea principal es la fidelidad a Quien les ha otorgado la vida como un acto supremo de su amor. La mayoría piensa que el tiempo aprovechado es el empeñado en llevar a cabo un proyecto personal, a veces mezquino y autodestructivo. Con el precepto máximo del Evangelio -la caridad- se despliega la verdadera perspectiva del éxito humano.


Mons. Domingo Salvador Castagna,
arzobispo de Corrientes

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