Opiniones

10/5/2007

Fuente: Tea Imagen

DEMOCRACIA VIRTUAL, JUSTICIA MEDIÁTICA.
ESCRIBE LUIS TONELLI EN LA REVISTA ´DEBATE´.


JUAN PABLO II, SANTO SÚBITO O CHABÁN A LA HOGUERA YA, FORMAN PARTE DE UNA MISMA LÓGICA MEDIÁTICA: LO QUE PIDE 'LA GENTE' DEBE SER SATISFECHO INMEDIATAMENTE. ASÍ LO IMPONE LA DEMOCRACIA, POR LO MENOS TAL COMO ES ENTENDIDA POR ESTAS PLAYAS: LA DEMOCRACIA - VIRTUAL - ELECTORAL.


Santo súbito, clamó la Plaza de San Pedro el día en que enterraban a Juan Pablo II. Ratzinger-Benedicto XVI, su discípulo y continuador, prestó atención a la pasión de aquellos tifossi papales. En cambio -eran otros tiempos menos mediáticos y el contexto ideológico muy diferente-, cuando se cerró el Concilio Ecuménico Vaticano II , una convocatoria del entonces ya desaparecido Juan XXIII, el progresista Nono Roncalli, y ante los pedidos cardenalicios de Santo súbito, su discípulo y continuador Pablo VI se limitó a decir: “Lo siento, no es mi trabajo”. La institución privaba sobre las emociones -y los intereses-. Había un procedimiento a seguir. Había una legalidad por respetar. Algo que está muy claro en el Vaticano.
Pero no en la Argentina. Santo súbito o Diablo súbito. Juan Pablo II o Chabán. En la Argentina, da lo mismo si lo pide la “gente” o su corporización virtual: los titulares de la prensa, algún comunicador televisivo con rating o cierta encuesta de un consultor prestigioso. Se trata de una demanda popular; por lo tanto, ella debe ser inmediatamente satisfecha.
Y guay de los políticos que no corran a alinearse con el clamor popular. Pareciera que el edificio entero de la gobernabilidad, en estas épocas leves, depende de la perspicacia que tengan para detectar la demanda y encontrar la frase justa que la satisfaga, hasta que surja un nuevo problema que haga olvidar al anterior.
Así lo impone la democracia, tal como la entendemos por estas playas, la democracia-virtual-electoral, en la que los gobernantes elegidos deben inclinarse ante su majestad soberana, la opinión mediática.
La opinión pública, corregirán sus defensores. Pero no es así. De ninguna manera. La opinión pública no es la resultante de una reacción pavloviana de la sociedad, en donde su legitimidad viene dada por su respuesta de acto reflejo a un estímulo cualquiera. La opinión pública se forma en un debate, en una deliberación, en un intercambio de ideas. Y, sobre todo, la opinión pública es la resultante de un proceso, encausado a través de reglas, de procedimientos establecidos, de instituciones. La libertad de prensa, fuentes alternativas de información, líderes que guían el debate, representantes que se hacen eco, funcionarios que ejecutan.
En realidad, el resultado final es, precisamente, una política pública, porque se ha desarrollado de conformidad con ciertas pautas que hemos aceptado, que hemos consensuado, que respetamos. Son nuestras instituciones públicas las que tienen ese don mágico de transformar lo individual, lo particular, en algo que debe ser aceptado por todos. Aquí el mismísimo significado de lo público ha mutado. Lo hemos confundido y reducido a lo que está publicitado. Si está difundido mediáticamente, entonces es público.
Así la política se ha trastocado de manera salvaje. Privatizado lo público y publicitado lo privado. Bienes públicos son utilizados para satisfacer intereses privados (lo que sintéticamente se denomina “corrupción”). Cuestiones privadas se difunden y toman estado público (la banalización de la política, tan corrosiva para la democracia como la corrupción).

Se presume culpable
Omar Chabán quedó en libertad, y a dar una respuesta inmediata a la frustración de la “gente” corrió el Presidente, y no quedaron a la zaga sus ministros mediáticos ni el inefable Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Este, en su ocaso, quiere transmitir la (falsa) impresión de que, por fin, presenta alguna iniciativa, quizás como remedo berreta del dictum hegeliano: ese que dice que el Buho de Minerva levanta vuelo al atardecer.
Podemos discutir si María Julia fue dejada en libertad con razón o sin razón. Si hubo chantaje, servilleta judicial o lo que fuera. Podemos lamentarnos de que Chabán no esté tras las rejas. Lo que no podemos es demandar que los jueces vayan en contra de lo que dicen las leyes.
En cualquier sociedad civilizada, la condena judicial es el producto de un procedimiento que abunda en garantías. Los argentinos sabemos, por experiencia propia, que no hay peor inseguridad que la que se da cuando el poder goza de impunidad, cuando las autoridades deciden con toda arbitrariedad sobre la libertad o, en el extremo, la vida de los ciudadanos.
Hoy, afortunadamente, los argentinos no estamos amenazados -como en el pasado- por la posibilidad de que una dictadura sangrienta se haga del poder. Pero lo que no hemos podido superar es ese populismo que considera a los procedimientos y reglas como una pérdida de tiempo. Aborrecemos de las dilaciones. Queremos soluciones ya. Tan rápidas como las declaraciones televisivas.
Naturalmente, si hay delito, entonces queremos que se ponga presos a los delincuentes. Pero si la Justicia no da abasto, no se nos ocurre pedir más recursos para ella. Queremos que se anulen los “engorrosos” requerimientos legales. Así hemos llegado a la horrorosa cifra de que más del 60 por ciento de los privados de la libertad se encuentran en el purgatorio de la prisión preventiva. Purgatorio que, dadas las condiciones de las cárceles, es peor que el mismo infierno. O sea, en contra de toda nuestra filosofía legal occidental, se los presume culpables.
¿Alguien puede sostener que, gracias a esta situación, la inseguridad ha disminuido? Por supuesto, es una falacia decir que sería mucho mejor si los dejáramos a todos libres de culpa y cargo. No hay que entrar en un debate estéril entre “manos duras” y “garantistas”. No se trata de dejar en libertad a los delincuentes. Sólo se trata de que los detenidos tengan un juicio justo y de que reciban la sentencia que se merecen. Que no se pretenda combatir al delito cometiendo delitos.
A veces pareciera que la seguridad jurídica es sólo para las inversiones, para el capital financiero. La seguridad jurídica es, esencialmente, para el capital humano, pero sabemos que en la Argentina este capital se ha convertido en algo terriblemente barato.

Kirchner y las sirenas
Lo real se ha disuelto. La crisis lo ha fragmentado, destruido, dislocado. La sociedad está disociada. La política deslegitimada. Todo lo que existe es un armado virtual, sumamente inestable, precario, en donde ni siquiera los que ostentan el poder lo pueden todo.
Democracia es gobernar de acuerdo a lo que esa realidad virtual demanda. Justicia es satisfacer con el pulgar abajo los gritos del Circo mediático.
La política sólo se justifica si responde a lo que-se-dice-que-la-gente-quiere (algo que no puede ser otra cosa que una construcción). De allí que el arma política privilegiada en estas épocas sea la “operación de prensa”, en donde la lucha por el poder se lleva al terreno virtual de un medio, y en donde su supuesta “neutralidad” vuelve mortífero el ataque. Es la misma gente la que está decapitando al funcionario o al opositor en cuestión.
De allí que, increíblemente, hoy tenga más valor periodístico el off the record, que el on the record, o sea, la confesión brutal de los intereses particulares de la política sobre las decisiones públicas que la justifican. Estamos dispuestos a aceptar a los políticos, si ellos se asumen como los más perversos, como los peores de todos, para después confrontarlos con la pureza de las demandas directas reflejadas en la campaña permanente de los medios.
Populismo ”inverso”, pero populismo al fin y al cabo. Populismo, porque siempre está presente esa ansiedad por lo inmediato, por la relación sin intermediarios ni reglas ni instituciones entre el gobernante y los gobernados. Inverso, porque ya no es como era entonces, el conductor que bajaba línea y manipulaba a la sociedad. Ahora, los gobernantes siguen a la amorfa opinión de la gente.
Por supuesto, nadie pide que nuestros gobernantes, en una acción suicida, resuelvan ir totalmente en contra de esta cultura política bien establecida. Pero sí que sus acciones tiendan a construir instituciones a futuro, y no a perpetuar el populismo inveterado argentino.
A fin de cuentas, el gran acierto de Kirchner fue precisamente institucional. Nombró en la Corte Suprema de Justicia a jueces independientes que no tienen empacho en decirle al Presidente que se equivoca cuando, tentado por el canto de sirenas de la Vox Populi, acciona sin pensar en las instituciones. Como lo ha hecho en estos días el Juez Eugenio Zaffaroni.
¡Qué diferencia con esos esperpentos que abundaban en la Corte menem-dependiente!

Por Luis Tonelli
Fuente: revista "Debate"

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