Opiniones

15/11/2002

Fuente: RedEncuentro

Consideraciones sobre el caso del padre Grassi

Editorial por Javier Cámara

La administración de justicia exige imparcialidad, seriedad, pruebas, derechos y garantías; pero también prudencia, una virtud que no abunda en los medios de comunicación.

Estos prejuicios mediáticos pueden equipararse a los de algunos “críticos” quienes advirtieron en las desviaciones sexuales de un sacerdote, las consecuencias del celibato.

Desde que el programa de televisión Telenoche Investiga difundió las acusaciones contra el padre Julio Grassi, millones de argentinos se preguntan si el cura fundador de la institución que contiene a más de seis mil niños, cometió o no los delitos de abuso deshonesto y corrupción de menores. Por ahora, mal que le pese a muchos, nadie puede asegurarlo excepto el propio Grassi y, si las acusaciones son verídicas, las víctimas del presunto proceder.

Pero no es la culpabilidad o la inocencia del sacerdote la que motiva esta reflexión. Muy por el contrario, absteniéndonos de prejuicios, queremos reafirmar un principio que desde hace tiempo está pisoteado en este país por diversas causas que analizaremos después: el principio de inocencia, no sólo pisoteado en el caso de acusaciones contra sacerdotes y contra obispos, sino también cuando se trata de sospechas contra funcionarios públicos, gobernantes o simples ladrones.

Ya en otras oportunidades abordamos el tema de los excesos que se cometen en algunos medios de comunicación a partir del reclamo social que busca respuestas legislativas, ejecutivas y hasta judiciales en la televisión, en la radio o en los diarios y revistas. ¿Por qué tienen tanto éxito comercial y de rating los programas que se dedican a la investigación corruptelas?

Porque a los ojos de la gente, hacen lo que el Poder Judicial no hace desde hace bastante tiempo: investigar, juzgar y sentenciar con rapidez. Ahora bien: ¿Están en condiciones los medios de comunicación para hacerse cargo de la responsabilidad de administrar justicia? ¿Aún a pesar de que cuando lo hacen logran 30 ó 40 puntos de rating? En otras palabras: ¿Deben juzgar y sentenciar por la sencilla razón de que los televidentes lo piden?

Definitivamente no. Y para fundamentar esta categórica respuesta apelamos al más simple de los argumentos: La administración de justicia exige imparcialidad, seriedad, pruebas, derechos y garantías; pero también prudencia, una virtud que no abunda en los medios de comunicación.

Durante la difusión del caso Grassi, los presentadores del programa hicieron saber su “preocupación” por el futuro de los seis mil niños que viven en los hogares de la fundación creada por el sacerdote acusado y reclamaron de parte del Estado, atención y cuidado para ellos.

Pero no hace falta un análisis detallado del programa para advertir que la preocupación no fue lo que primó a la hora de decidir la presentación de este “boom” mediático. Si de verdad la prioridad eran los niños, ¿no hubiera convenido otro tratamiento de la información? ¿No hubiera sido más prudente dar curso a la Justicia y esperar que ésta se pronuncie?

La apetencia objetivamente perfecta de decir la “verdad”, la “verdad en amor”, prescribe un acto de prudencia en la comunicación de la verdad; es decir, que exige el análisis previo para saber si es oportuno el momento en el que se va a decir esa verdad y si es oportuno el modo escogido. Y eso que estamos hablando de “verdades” comprobadas, no de sospechas fundadas sólo en testimonios.

La justificación de los medios ante estos planteos es conocida y tiene que ver con la “obligación pública” de defender la verdad y de denunciar los presuntos hechos de corrupción sin hacer distinción de personas, cargos y responsabilidades. Una postura que se precia de objetiva pero que no asume el riesgo destructivo y prejuicioso que conlleva.

De alguna manera, esta postura mediática que fácilmente cae en prejuicios, puede equipararse con la de algunos “líderes de opinión” o “pensadores críticos” que casi como un acto reflejo advirtieron en las presuntas desviaciones sexuales de un sacerdote, las consecuencias del celibato sacerdotal. Como si el abuso de menores y la homosexualidad fueran fruto de la opción celibataria que hacen muchísimos sacerdotes (me atrevería a decir la mayoría) por amor a Cristo Jesús quien en su absoluta libertad de Dios y de hombre, eligió ser célibe sin padecer los “traumas psíquicos, psicológicos o psiquiátricos” que permanentemente están buscando en los curas fieles, los que por algún motivo no creen en que la gracia del Señor todavía actúa en los hombres y mujeres de este tiempo.

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E N C U E S T A
Padre Grassi:
¿Inocente o culpable?




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