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16/2/2004

Fuente: Página/12

JORGE RODRIGUEZ, LA DIFICIL FLOTACION
Corcho

Por Susana Viau

Según los papeles, Jorge Ernesto Rodríguez es hijo de una familia de la baja clase media, sostenida por el pequeño taller metalúrgico de Ernesto Rodríguez, el padre. Sin embargo, de acuerdo al modesto hall de la fama rioplatense, el Corcho Rodríguez es el producto virtual de dos popularidades ajenas: la de su socio comercial Rodolfo Galimberti y la de su socia sentimental Susana Giménez. En verdad, el personaje real importa poco salvo en sus aspiraciones, los estudios de marketing, los intentos de formar una banda de rock, dos hijos hoy adolescentes, una mujer, contadora con patronímico de hospital montevideano, un domicilio conyugal establecido en su barrio, Villa Martelli, y trabajos casi siempre freelance en agencias de publicidad.

Algunos de sus jefes de entonces se llevaron sorpresas. Claudia Segura Reynal, una mendocina con más apellido que dinero, no pudo menos que asombrarse cuando aquel chico simpático, poco más que un cadete en All Stars, la empresa donde ella, años antes, había sido responsable de cuentas, se le presentó a bordo de un Porsche para proponerle trabajo. Encuentros y desencuentros, las vueltas de la vida los volvían a cruzar en un punto, sólo que él ahora iba pendiente arriba y ella ya no era ni tan joven ni tan bonita como le resultó a Julio Iglesias en una de sus primeras visitas a la Argentina. Separada de su marido, un escribano elegante, Claudia Segura, después de dejarse fotografiar del brazo de un banquero nacional en el Colón o junto al ex portavoz Juan Pablo Baylac en una fiesta, se abona hoy a la pantalla de Daniel Hadad y Raúl Moneta como exégeta del Corcho, mientras llama “Ginette” con hipertrófico acento francés a la co-conductora, otra Reynal.

Para Rodríguez la curva ascendente había empezado en Pepino, un bar de San Isidro, cuentan los autores de Galimberti. Allí Carlos Colunga, que lo único que tenía en común con el traductor de la Biblia era el cielo por su condición de piloto de Mc Air, la línea de vuelos privados de Franco Macri, reunió al publicista y al ex montonero. La pasión por las motos en general y las Harley Davidson en particular hicieron el resto. Otros allegados discrepan en detalles mínimos acerca del origen de la relación, aunque refrendan lo fundamental: las dos ruedas fueron el terreno de coincidencias, pero sitúan la escena no en las mesas de Pepino sino en la agencia de Harley, ubicada en la vereda de enfrente. El Corcho ya tenía una, cobrada como parte de un trabajo de cierta importancia para la firma que hacía la publicidad de Camel. Hasta ese momento los negocios de Rodríguez no habían resultado del todo brillantes: spots ligados a la industria textil, a las marcas nacionales de jeans, relanzadas por la híper, y promociones publicitarias en las playas de Punta del Este donde habría dejado una que otra deuda. La aventura más exitosa iba a encararla al lado del Loco.

Galimba ponía el financista, su ex cautivo Jorge Born, los contactos para la obtención de 0600 con Alejandro Mc Farlane, yerno de Hugo Anzorreguy, jefe de la SIDE; y los escribanos Banfi, ligados a Anzorreguy y a la Lotería Nacional. Pero Corcho estampó su sello personal. La sociedad que había formado en los ‘90 para captar campañas publicitarias se llamaba CREAR, CIG (Crear International Group) y tenía un agregado tan pretencioso como lo del International Group, demasiado para las reales dimensiones del negocio: Hard Communication Company.

El Clon

Los biógrafos de Galimberti relatan que antes de presentarle a Born, el Loco lo llevó al Paseo Alcorta, le eligió ropa y le compró zapatos; que Corcho, cautivado por los desbordes y las historias del nuevo partner, empezó a imitarlo en la manera de vestir, en los jugos de naranja con durazno y en su inclinación a las mujeres, los autos, la velocidad, las camperas de cuero y las motos. Los amigos de Rodríguez, sus viejos amigos, sostienen, por el contrario, que nunca dejó de ser el que había sido:reservado, irónico, amante de todo lo que tuviera motor y gomas desde chico, una característica del barrio. A diferencia de Galimberti, Rodríguez hablaba inglés, cuidaba el cuerpo, sabía nadar (el terror al agua era un auténtico handicap para el ex jefe de la columna norte), su idea de la dictadura era vaga y un incipiente alfonsinismo lo había ganado en 1983. De esas épocas, afirman, conservaba buenos lazos con algunos hombres del radicalismo, como el intendente de Vicente López, Enrique “El Japonés” García. Claudia Segura tuvo varias misiones en Hard: ser el puente, relaciones mediante, con Luis Cella, el ex productor de Susana Giménez, para obtener el sí de la platinada que colapsó las líneas de ENTeL para un juego telemático. Cada llamada era la posibilidad de un premio astronómico que nunca saldría; cada llamada, también, abultaba en 3 pesos la factura mensual de los abonados. El jueguito necesitaba la bendición de la beneficencia: el padre Grassi y su Fundación Felices los Niños eran los candidatos ideales. Grassi se llevaría a casa el 50 por ciento de la facturación neta.

El Corcho, entre tanto, cambiaba de domicilio, se mudaba al norte y rompía el matrimonio con Ana Vilardebó. No debía ser sencillo acompañar los fines de semana de Galimba. Quienes llegaban los lunes bien temprano para limpiar el edificio que Hard ocupaba en Avenida del Libertador encontraban las puertas perforadas a tiros, desorden, botellas de champagne. Es improbable que Galimberti no le haya regalado al Corcho la pistola Glock que solía obsequiar a sus allegados, la misma que le dio a su gran amigo y vecino del consorcio de los loft de Dorrego, el abogado Rafael Bielsa. La encargada de que los empleados de limpieza pusieran las oficinas en orden y de reponer en las heladeras lo que se había consumido era la hermana de Galimba. Rodríguez había iniciado un romance con la modelo Gabriela Cresciente, huésped permanente de la chacra de Punta del Este que aún no se llamaba “Yellow Rose”. De todos modos, ya se le escuchaba apostar a Corcho que iba a cobrar la pieza mayor: Susana Giménez. Claudia Segura lo asesoró cuando empezó el asedio. Primero fue una docena de rosas amarillas, la semana siguiente dos y así en progresión geométrica hasta que la rubia echó al marqués Huberto Roviralta de la casa de Barrio Parque y fue sorprendida, al toque y en un lujosísismo hotel de París, con el joven ejecutivo Rodríguez.

Ni tanto que queme
al santo

Dos grandes acontecimientos conmovieron a Hard Communication. Uno fue sin duda el medio siglo de Galimba, a quien el Corcho y Claudia Segura le hicieron temblar el corazón entregándole una Harley y un imposible: la ficha de socio del Buenos Aires Golf Club; el otro, la recepción en que, envuelto en celofán y moños, colocado al fin de un camino de pétalos de rosa, un Mercedes Benz último modelo pasó a manos de Su. Tanto glamour no podía ser para siempre. El padre Grassi se encabronó y denunció a Hard Communication por estafa. Nunca, dijo, había recibido lo que le prometieron. El asunto obligó a Born, a Galimberti y a Corcho a desfilar por los tribunales. Hubo un arreglo extrajudicial y una conversación pública en la que a Susana se le fue la lengua y le preguntó al cura: “¿Pero, padre, usted qué quiere construir? ¿El Sheraton?”. Los socios de Hard y Telinfor, la pata telefónica del juego, propiedad de Mc Farlane, atribuyeron la súbita demanda sacerdotal a la guerra de los medios. No pasó mucho antes de que Grassi bebiera su propia cuota de acíbar: el fraile daba casa y comida a los muchachitos a cambio de otros servicios. El también buscó explicar la cuestión en la despiadada lucha de los canales.

El Corcho había formado con Giménez pareja y sociedad, “Shock Enterteinment”. Volvía a la música y zapaba con un Pappo renacido, menemista y operado de la nariz; con Galimberti –que había compartido con él una pequeña porción de GIAT Industries, la productora francesa de armamento que lo convirtió en sospechoso de participar en la venta ilegal de armas a Ecuador y Croacia–, ingresó a una operación que aún perdura: Universal Control SA, empresa de seguridad e investigaciones que constituyeron con el abogado Oscar Salvi y el entonces jefe de la Dirección Nacional de Seguridad Armando Franchi. Con celeridad, el grupo abandonó el directorio de Universal Control para dejar la posta en poder de un puñado de oficiales de la CIA. En la cartera de clientes el de mayor importancia eran las empresas del EXXEL Group.

Y la vida continuó plácida y burbujeante entre Buenos Aires, Punta del Este y Miami, apenas turbada por el reventón del aneurisma abdominal que provocó la muerte de Galimberti, el 12 de febrero de 2002. En diciembre pasado los programas de chismes anunciaron rumores de ruptura. En el horizonte había aparecido una tercera en discordia. Su, como quien informa de una defunción, explicó frente a las cámaras y en su programa que la relación con “el señor Jorge Rodríguez” había terminado. La noticia no llegó a cuajar, desterrada a segundo plano por la revelación de que en las horas previas a la Nochebuena el padre del Corcho había sido secuestrado. La presentadora salió de su casa en compañía de Jazmín II, el cuzco al que le hace reflejos y tapaditos de visón, fue a la peluquería y voló a Miami. Corcho estaba en Buenos Aires, negociando la liberación. Una extraña discreción de movileros rodeó el episodio. Con elogiable sentido de la oportunidad –quizás haya que llamarlo intuición femenina–, ella concedió una entrevista, justo el día anterior al rescate de Ernesto Rodríguez: en la pareja estaba todo mal. El no respondió ni mu. Hay quienes aseguran que la de Giménez fue una reacción indignada ante las versiones de que, cuando los captores urgieron el dinero y sugirieron que se lo pidiera a su ex novia, el Corcho habría contestado: “Yo a esa gorda no le pido nada”. Sí habló, impasible, durante la rueda de prensa convocada por los fiscales. Admitió que incluso los delincuentes tienen derechos, si bien son diferentes a los de la gente decente. Instó a no pagar rescates y confiar en las instituciones. Repartió agradecimientos, para todos menos para Felipe Solá. En algunos ámbitos se interpretó que las amistades heredadas del Loco (Daniel Hadad, Luis Patti, Aldo Rico, coroneles que los servicios reciclaron de los grupos de tareas) le calentaban la cabeza y lo empuaban contra el gobernador. Sus amigos juran que “son cosas del Corcho. El Corcho es así, pero es un demócrata”. Las revistas del corazón sindican como su actual novia a Sol Bunge, la hija de Hernán Bunge, la sobrina de Wenceslao, vocero de Yabrán. La casualidad sigue atándolo al Loco. Hernán Bunge, neurólogo, ex dueño de TIM, amigo de Jorge Antonio, fue uno de los invitados al gran guignol con que Punta del Este celebró su casamiento con Dolores Leal.

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E N C U E S T A
Padre Grassi:
¿Inocente o culpable?




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