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13/12/2002

Fuente: 3puntos.com: ARCHIVO / Por LAURA DI MARCO

BERNARDO NEUSTADT
¿CÓMO ES SENTIR QUE NADIE LO QUIERE?

Vive solo en una mansión sobre el río, con la única compañía de una ínfima perra. No tiene mujer ni familiares. Sigue levantándose de madrugada, pero a las 2 de la tarde ya no tiene qué hacer. Cree que va a ir al cielo y dice que hace unos años ya estuvo allí... y vio a su madre. Admira a Lanata y desprecia a Hadad. Dice que con Menem se equivocó dos veces: "La primera, cuando no lo voté; la segunda, cuando lo voté".

Desde las rejas que protegen la casa de Bernardo Neustadt, en Martínez, se ve la enorme barranca de su jardín. Más allá aparece el río con un par de veleros que apenas se deslizan, relajados. Rojo amarronado, el río se ve encendido por un atardecer furioso. Hay un silencio compacto y una mezcla de olor a pino y a jazmín en esa rotonda privada, exclusiva, que envuelve al chalet estratégicamente escondido. "Tiempo Mío" es el nombre que cuelga del letrero de cerámica de la casona siempre custodiada. La perrita de Neustadt se parece a Jazmín, el caniche toy de Susana Giménez. Su nombre encaja en la línea de sus gustos: se llama Mía. "Estas perritas viven 16 años. Si se muere ella, yo me muero detrás", es lo primero que dice mientras posa para las fotos. La mesa larga de la terraza, dispuesta como para una gran familia, está al tope de la empinadísima barranca que desemboca al pie de la pileta de natación, lejos y abajo entre los árboles. El comunicador que más influyó para la construcción del modelo neoliberal en Argentina -el que rogaba que no lo dejaran solo- tiene hoy 78 años.

¿Y vive solo acá?

Sí, sí, solo.

¿Lo visita mucha gente?

Sí, sí. No tengo familia, pero tengo amigos que me visitan.

¿Y cómo es un día suyo hoy? ¿Sigue durmiendo cuatro horas?

Sí. Me sigo levantando a las 4.15. Bajo, camino veinte minutos por el parque. Después leo los diarios; me enveneno bastante. Así que enseguida me baño para higienizarme de la lectura. Hago el programa y arreglo citas hasta las 2 de la tarde. Después, ya me refugio acá.

¿Y qué hace acá cuando se refugia?

Escribo. Estoy escribiendo tres libros. Uno es sobre la masculinización de la vida. Tengo miedo de que las mujeres de hoy se transformen en hombrecitos. Ése es un tema que me obsesiona ahora. Quiero terminar la vida viendo a una mujer crecida, pero al lado del hombre, feminizándolo a él. La gente quiere salir a trabajar y tener. Y en definitiva lo más importante es el amor de los hijos. Todos quieren estar mejor; ahora creo que hay que ser mejor.

¿Cree que es su caso?

Sí, por supuesto. Mire, hace un mes hice una neumonitis aguda; me quedé mudo, y me encerré. Empecé a pensar en mi vida, y por cada tres errores encontré como siete éxitos. Bah... éxitos: aciertos, ¿no? Y me dije: "Qué bien viví, qué bárbaro". Me extraña lo que pude hacer desde la nada. Yo no pertenezco al establishment; tengo un apellido que no indica nada. Remonté la cuesta desde la pobreza más infinita. Caminaba treinta y ocho cuadras para llegar al diario El Mundo, porque si tomaba el colectivo no podía comprarme las medialunas. Y acá estoy. El balance me da a favor: que voy a llegar al cielo no me cabe la menor duda.

¿Va a ir al cielo o al infierno? Ésa era la pregunta broche, el sello final de las entrevistas televisivas de Bernardo Neustadt. Una pregunta que 3 puntos no le había hecho, pero que él decidió responder igual, como desafiando abiertamente a quienes no lo quieren. A quienes nunca lo quisieron. Es decir, a muchos.

Antes hablaba del amor de los hijos, pero usted no los tuvo. ¿Le pesa eso ahora?

A esta altura, sí. Durante la vida, no. En esta profesión, que ya no amo tanto (lo recalca), fui un adicto al trabajo. Para mí el periodismo era una actividad de 24 horas. Tenía 50 años y si algo me salía mal lloraba... Cuando uno está apurado, no tiene ternura, y yo no la tenía. Pero hace unos diez años empecé a pensar que no pude formar un hijo; que no dejo a nadie detrás de mí, y en ese sentido fui un fracaso. Pienso que debí haber adoptado, quizá, si no podía tener... Eso sí, lo añoro.

No ama tanto al periodismo, ¿por qué?

Amo al periodismo; no a quienes actualmente lo hacen.

Bueno, supongo que sabe que usted es persona no grata para sus colegas. ¿Lo sabe, verdad?

Sí, claro que lo sé. Mire, cuando yo era joven solía tomar café con Arturo Jauretche. Jauretche era un gran argentino (explica, didáctico), que me decía: "Mirá, pibe, si vos en Argentina llegás a levantar la cabeza, nace la conspiración del silencio: o te matan o te silencian". Y es verdad. En su época, ni La Nación ni La Prensa lo nombraban. Yo, además, tengo un grave defecto.

¿Cuál?

Que no tengo ninguna relación humana con los periodistas, salvo con Clara Mariño. Después de 64 años de profesión, no tengo un solo periodista amigo. Eso es muy negativo para la imagen.

Haciendo a un costado la imagen, ¿cómo es sentir que nadie lo quiere?

Mire, ahora me siento bien. Y le pido a Dios que no me quiera ninguno de los que están actualmente en escena, pero en un momento dado eso me dolió mucho. Claro, yo no era un chico que había ido a la Universidad...

A pesar de estar en los extremos ideológicos, su vida personal y la de Jorge Lanata tienen muchos puntos en común. Por ejemplo, los dos vienen de la clase media baja. ¿Lanata vendría a ser un Neustadt progre?

(Piensa unos segundos y toma la taza de té entre sus manos) Creo que Lanata... Bueno, usted comprenderá que yo discrepo con su lenguaje y su ideología...

Eso me queda claro, pero me refiero al lugar que hoy ocupa Lanata.

(Vuelve a pensar) Sí, sí, la entiendo. No, él está bien. Yo creo que es el único periodista creativo que apareció en los últimos años. No conozco su historia personal. Pero lo que sí veo es que tiene opinión propia; es atrevido. Juega su rol. Una vez cené con él y se lo dije.

¿Cenó con él? ¿Y cómo fue eso?

Sí, cené con él, y le dije: "Mire, salvando las distancias, su ideología -que no comparto- y su lenguaje -que me horripila-, no ha habido nadie después de mí que haya seguido líneas de conducta tan jugadas".

¿Usted ya lo conocía?

No, para nada. Lo vi muy angustiado un día en la televisión anunciando su retiro de América. Entonces, me atreví a llamarlo y le dije que quería comer con él, así de simple. Quería darle un poco de ánimo. Y bueno, fuimos a cenar. Estaba horripilado con lo que le había pasado: el gobierno le había pedido a Eurnekian que lo sacara porque de lo contrario no le daban el aeropuerto. "Jorge, no se ponga así -le dije-, esas cosas le van a pasar muchas veces." Me contó en esa cena que él también se había vuelto un adicto a la televisión.

¿Habla de Lanata con admiración o me parece?

A esos periodistas de raza yo los admiro, aunque estén en la vereda opuesta a la mía.

¿Y con Menem cómo se lleva? ¿Lo ve, lo llama?

No lo veo. Hablo por teléfono. Cuando estaba preso, fui a almorzar con él a Don Torcuato. Creo que si sigue así, va a ser presidente. Si comprende que tiene que rodearse de otra gente, será un éxito. De lo contrario, tendremos otro fracaso argentino. Cuando lo veo rodeado de Alderete, la verdad que... Estoy en un momento de intransigencia, casi de intolerancia.

¿Por qué se peleó con Daniel Hadad?

Para pelearse hay que tener amistad. Y yo no la he tenido, ni quiero tenerla. A Hadad lo conozco poco y mal. Se presentó un día para hacer... ¿cómo podríamos llamarle?

¿Una colaboración?

No, una pasantía, era mi pasante. Y un día lo becaron para ir a Navarra a estudiar ética de periodismo... (lo recalca). A Navarra para estudiar ética (lo repite con intención) de periodismo. Le faltaba la plata para irse y yo se la presté. Después volvió y creció. Creció haciendo mucho daño, y se dedicó a perseguirme personalmente durante casi toda su vida. No sé por qué.

¿No sabe?

No recuerdo haberle hecho daño. Salvo que un día me pidió un médico porque no podía tener hijos. Me pidió algún consejo, y yo le recomendé un médico amigo. Tuvo un hijo, y después otro... Mire, hay muchas personas en Argentina que no me interesan, y Hadad es una de ellas.

¿Y no cree que la gente también lo cuestiona a usted éticamente? ¿Por cómo hizo su patrimonio, por ejemplo?

No, jamás... (se molesta y será la única pregunta que lo incomodará verdaderamente). La gente no, los periodistas me cuestionan... Trabajé 64 años; si no puedo tener una casa... Además, ésta es la única casa que tengo; no tengo diez, como Oscar Shuberoff. Y nadie me tira huevos en la cabeza cuando desayuno en La Biela.

Recién dijo que hay mucha gente que no le interesa. ¿Mariano Grondona está en esa grilla?

No, no. Con Grondona siempre nos tratamos con respeto; en tantos años, nunca nos tuteamos. Yo creo que tomó un camino equivocado en la televisión: creo que ni a él mismo le gusta lo que está haciendo.

¿Por qué?

Porque por sus títulos o su capacidad no está para hacerle un reportaje a Moria Casán o a Susana Giménez. No creo que su camino sea mostrar encapuchados o secuestradores. No sé, por ahí soy yo el equivocado. Terminé la tevé en el 96, cuando Yankelevich me insinuó (lo recalca) que la gente comía "m". Yo le dije: "No sé hacer 'm' en público". Y me fui. Pero, bueno, con Grondona no estamos para sentarnos a una mesa a reprocharnos nada.

¿Y por qué cree que él siguió y ganó en credibilidad, y usted no?

No sé, no sé... Yo no le haría un reportaje a Susana para ver cómo le va con Roviralta. No es que esté mal, pero yo no lo haría.

¿No siente que la cercanía con Menem le hizo perder credibilidad y eso terminó con su carrera?

Para nada, para nada. Le voy a decir algo que le va a parecer ególatra. El doctor Menem se hizo neustadtista, y no Neustadt menemista. Mire, yo con Menem me equivoqué dos veces: la primera, cuando no lo voté; la segunda, cuando lo voté (se ríe de su propio juego de palabras). Lo que usted tiene que preguntarse es por qué en el 96 habiendo sido él ya reelegido, yo dejé de hacer televisión.

Bueno, haga de cuenta que se lo pregunté.

Imagínese. Yo me opuse a la reelección. Telefé estaba en manos de su amigo Constancio Vigil. Desde el 96, nunca más hice televisión abierta. Siempre hay modos de sacarse de encima a alguien. El elenco de él me odiaba, tanto como yo los odiaba a ellos.

Ahora, Neustadt, usted fue una de las personas que más empujaron a Argentina hacia este modelo que, entre otras cosas, desemboca en que muchos chicos se estén muriendo de hambre. ¿No le quita el sueño eso?

No, no, no. La política neoliberal se aplica en el mundo, en España y hasta en China. Que haya chicos muertos de hambre no tiene que ver con el neoliberalismo sino con la delincuencia. Acá hay ladrones, corruptos. La plata está, y no se las dan. ¿Cómo se explica usted que la señora de Duhalde diga que desaparecieron 2 millones de dólares que mandaron para los pobres? Por otro lado, el neoliberalismo jamás aceptaría que existan Planes Trabajar sin que la gente trabaje.

¿Usted siempre fue antiperonista? Me refiero a antes de Menem...

Antiperonista no fui nunca. Me gustaban muchas cosas que daba el peronismo, como el acercamiento del pueblo al poder. Muchos piensan como usted, pero eso no es cierto. Quiero dejarlo en claro públicamente ahora, que conviene hacerlo (dice con ironía y se sonríe).

¿Qué candidato le gusta? ¿López Murphy?

Es el más puro de todos, sí... Pero no voy a votar a nadie. Tengo más de 70 años, así que puedo no votar, puedo matar... (mira al fotógrafo y lo señala). Puedo matarlo a él y no me pasa nada, porque, total, en este país no pasa nada si uno tiene más de 70 años (el fotógrafo no sabe qué cara poner, y él le dice: "No, era una broma").

De pronto el sonido del tren se vuelve ensordecedor sobre la terraza que da al río. "Vamos a dejar pasar el tren de Soldati -aconseja-; es un típico tren argentino. Hace un ruido bárbaro y no va a ninguna parte."

Le cambio de tema. En 1993, cuando el periodista Jorge Fernández Díaz publicó Neustadt, el hombre que se inventó a sí mismo, usted se enojó muchísimo. ¿Por qué?

No sé por qué me enojé.

¿Cómo que no sabe?

Hace poco le mandé una carta diciéndole que ahora que estoy atravesando una etapa de intolerancia lo voy a leer de vuelta... (se ríe). Puede ser que en aquel momento no lo haya visto bien. Me dio la sensación de que él cargaba sobre mis errores y no me reconocía ningún acierto.

¿Se sintió traicionado muchas veces?

Traicionado, no. Sentí que la vida me devolvió ingratitudes. ¿Sabe a cuánta gente llevé a la televisión confiando en su calidad, en su eficiencia y, cuando llegaron al poder, fueron un desastre? No sé qué les pasa, pero cuando llegan al poder son otra cosa.

Otra vez le cambio de tema. ¿Por qué defiende al padre Grassi?

No lo defiendo a él, sino a la obra que ayudé a crear. Soy un benefactor de su obra. Grassi me conoció a mí antes que a Menem y a Cavallo. Yo viví su obra, vi chicos de la calle totalmente desahuciados y encontrar allí educación, casa... En fin, ¡qué voy a hacer! No duermo en la cama de Grassi. Además, son delitos de acción privada, no se pueden probar.

Sin embargo, la justicia mantiene el proceso por corrupción de menores.

¿Y entonces por qué lo dejó libre? ¿Por qué lo deja ir a la Fundación? Argentina es un país muy raro... Yo ahí lo que veo son las ganas de la señora de Duhalde y su equipo de quedarse con la Fundación.

Un tema personal: ¿está en pareja ahora?

¿Cómo dice?

Si está de novio.

Ah... No, mi vida sentimental terminó.

¿Eso se puede decidir?

A los 78 años, sí. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me enamore de una chica de 30, 40 años? No, no tiene futuro. No tengo ganas de tener al lado mío a una enfermera. Quiero a mi lado una mujer. Pero a una determinada edad ciertos encuentros no son tan fáciles. Ya cumplí mi ciclo, tuve dos grandes mujeres a mi lado. Mire, le voy a contar algo: hace un año eliminé uno de mis grandes temores, la soledad.

¿Y cómo hizo?

No sé. Hace tres años que la Nochebuena la paso acá, donde usted me ve.

¿Solo?

Sí, y no me cuesta nada. La chica, antes de irse, me prepara papas fritas, huevos fritos y un vaso de vino. Los amigos vienen y me saludan, como a un patriarca, y a las 11 se van a su casa con su familia. La Nochebuena es una noche de familia y si yo voy con ellos me siento mal. Porque siento que no tengo familia. En cambio, acá, no lo noto... Mire usted, yo que antes no podía ni comer solo en un restaurante.

¿Le queda algún otro miedo?

Sí, a la decadencia. Entre la decadencia y la muerte, elijo la muerte.

¿Lo obsesiona la idea de la muerte?

No, para nada. Es una señora que algún día va a venir visitarme... Me gustó mucho acostumbrarme a la idea de la muerte, cuando hace cinco años estuve muerto cinco minutos y veinte segundos... Por las dudas, le aclaro: no voy a escribir ningún libro sobre el tema. Pero le cuento cómo fue: llegaba de jugar al tenis, y una voz surrealista me dice "llamá al médico". Era el año 96. Lo llamo al celular, estaba a dos cuadras de acá. Y le digo: "Mire, doctor, si le cuento usted va a creer que estoy loco, pero una voz me dice llamá al médico"."¿Pero qué le pasa, está mamado?", me contesta el doctor. Y la voz me dice otra vez: "Ahora". Y yo le grito: "Ahora, doctor, venga ahora, por favor". En dos minutos estaba en mi casa. Me mira, saca una pastillita, me la pone debajo de la lengua y me carga sobre el hombro. Y cuando me tira en el auto, pierdo el conocimiento. Se me abre un cielo y aparece mi mamá -mi mamá murió cuando yo tenía 12 años-, que me dice: "Por fin viniste". "Sí, pero no me voy a quedar -le contesté-. Todavía no me voy a quedar."


TIEMPO VIEJO

1940/1960. El principio: Se inicia en el diario El Mundo donde escribe sobre fútbol. Allí lo mandan a cubrir el 17 de octubre de 1945 y se interesa por la política. Lo tildan de peronista, lo niega, pero es cierto que se afilió y llegó a ser nombrado en tres cargos durante el período justicialista. La Revolución Libertadora le confisca los bienes y lo echa del diario. En el 57 escribe una columna de actualidad en Clarín. Luego vuelve a El Mundo, donde hay una nueva conducción.

1960. El proceso: Debuta en televisión con un microprograma, luego sigue con Pinky y Mónica Mihanovich. En el 63 lo sacan del aire por entrevistar a Frondizi durante el gobierno de Illia. Se queda sin pantalla. En el 64 lanza Todo, su primera revista política (allí trabajan entre otros Hanglin, Eliaschev y Ulanovsky), y un año después, Extra. En el 72 surge Tiempo Nuevo. Permisivo con la dictadura militar, sigue recordándose su célebre reportaje al general Galtieri durante Malvinas.

Tiempo Nuevo: En el inicio de los 80 se hacen populares desde su programa "las chicas" de la UCD: María Julia y Adelina. Se convierte en difusor a nivel masivo de la economía liberal y en el gran propagandista de las privatizaciones, haciendo eje en la de ENTel. Combatió a Menem en la campaña electoral, pero se convirtió al poco tiempo. Ya en el comienzo del período menemista, Grondona lo abandona. Fue tal su poder que llegó a "voltear" a poderosos como Miguel Ángel Vicco y Jorge Triaca.

Marca de fábrica: Famoso por acomodarse a sucesivos gobiernos -en algunos casos se arrepintió públicamente-, su estrella se va apagando durante la segunda presidencia de Menem. En el 96 termina su contrato con Telefé y no vuelve a la televisión abierta. Sigue su carrera en cable y radio hasta la actualidad. Latiguillos como "paren de robar", "¿lo dejamos ahí?", "terminé" ya forman parte de la historia del periodismo argentino. De Doña Rosa no se volvió a saber nada.


SIC (I): MARIÑO / GRAÑA

CLARA MARIÑO:

"Fue el creador del periodismo político en radio y televisión. Es el periodista más creativo que dio Argentina y ha abierto caminos antes inexplorados. Hay que reconocer una realidad: es un número uno, un extraordinario creador con talento periodístico, y como a lo largo de su carrera se comprometió con muchas ideas, es obvio que a algunos les guste y a otros no."

ROLANDO GRAÑA:

"Ideológicamente no comulgo en nada con él, porque fue el gran propagandista de la dictadura y del neoliberalismo. Ahora, si uno atiende a la forma y la retórica, parece que fue el más brillante polemista de la derecha en el país. Sugiere lo que quiere decir, maneja los mecanismos de la retórica como nadie y las cámaras a la perfección."


SIC (II): RAMOS / HANGLIN

JULIO RAMOS:

"Como todo creador de un estilo en periodismo me produce admiración. Es equiparable a Félix Laiño, a Jacobo Timerman, también se parece a Schebor Jacoby. Su capacidad intelectual está intacta, sigue siendo un creador de frases y en televisión todavía nadie es capaz de improvisar un monólogo como él, en base a mirar de reojo unos apuntes."

ROLANDO HANGLIN:

"Es uno de los grandes del periodismo moderno del país que comenzó a desarrollarse después de los 50. Fue el primero que entendió el periodismo como show y como mezcla temática donde interesan con la misma intimidad el cine, el fútbol, la política, la economía y los personajes. Siempre fue un adelantado a su tiempo. Además, es un gran amigo. La mitad del gremio le debe favores. Es un hombre muy generoso."


BRUTAL Y DESFACHATADAMENTE ARGENTINO

Por Orlando Barone

Natalio Botana, Jacobo Timerman y Bernardo Neustadt son los periodistas que más huellas dejaron en la historia del género, si se cuentan las últimas tres cuartas partes del siglo XX. Otros notables, incluso algunos con méritos heroicos, no alcanzan aquel rango.

Neustadt es el sujeto periodístico que con su solo nombre generó una marca que durante décadas concentró la atención del mercado de noticias y de los comentarios políticos. Fue el número uno para los ganadores, los perdedores y los empatadores. Fue el vocero del poder y de la sociedad que consume periodismo. A diferencia de quienes fundaron medios gráficos de resonancia, al estilo de los grandes editores del mundo, la resonancia de Neustadt estuvo siempre en él mismo. Sus colegas, en gran parte, lo enjuician y desprecian. Y pocos son quienes lo asumen públicamente como maestro. A lo más que se resignan es a reconocerle el azar del éxito. Pero sin concederle ninguna cualidad y desconsiderándolo por sus desviaciones éticas e ideológicas.

Ahora está viejo. Pero en vez de retirarse a gozar de su fortuna, sigue dando pelea desde zonas del periodismo alejadas del escenario estelar del que fue dueño tanto tiempo. Se destacó en las tres disciplinas: la gráfica, la radio y la televisión, sin respetar la estética de la palabra ni de la sintaxis ni la cultura. Inspiró textos, análisis, chismes y libros sobre su figura. A su autohomenaje en el Sheraton asistieron presidentes, legisladores, estrellas del espectáculo, millonarios, empresarios prósperos, clérigos distinguidos, ídolos del deporte, y periodistas buenos y malos. Faltaron la izquierda, los representantes de derechos humanos y los intelectuales puros que rechazan su pensamiento de fast food. Estilo que hoy se practica sin la originalidad de la fuente.

Si Kafka logró que cualquier laberinto burocrático sea llamado "kafkiano", si García Márquez logró que cualquier pueblo tropical y olvidado sea asociado a "Macondo", si Cervantes logró que una aventura alocada sea llamada "quijotesca" y Shakespeare que el "ser o no ser" sea empleado como respuesta a cualquier duda cotidiana, Neustadt logró que "Doña Rosa" sea un ícono ya irrevocable del promedio humano vecinal argentino. "Dejémoslo ahí" , su frase más popular, sigue siendo usada como cierre de cualquier charla que se interrumpe. Ningún par alcanzó esta inclusión en la memoria colectiva.

También logró movilizar gentíos a la Plaza de Mayo y hacer dormir en su casa de verano al ex presidente Menem. Ayudó a torcer a favor de las privatizaciones las últimas dudas estatales de una sociedad que se plegó a su ideario: el inmediatismo. Como ningún otro supo qué es lo que venía o lo que se usaba. Su ideología era la de la mutación. La misma que había en la sociedad pero que él tuvo el coraje de expresar por todos. Contó con una teleaudiencia lábil y entusiasta frente a esos entusiasmos cíclicos: la laboriosidad de los japoneses, la modernidad de los asiáticos, la prosperidad exportadora chilena, la intelectualidad actualizada de Vargas Llosa.

Neustadt es tan brutal, tan frívolo y tan desfachatadamente argentino que da miedo que lo sea. Como mensajero de la sociedad captaba y procesaba sus estados de ánimo y batía en una coctelera de simplicidad las cambiantes olas de opinión que producía. Su mensaje era un reenvío eficaz y maniqueo que la gente esperaba con la angurria que se necesita para llenar los agujeros de tedio. Nos entretuvo a todos, aunque algunos ahora abjuren de haber colmado sus ratings.

He usado en todo el texto el tiempo pasado como si se tratara de una "necrológica". Es que aunque estoy hablando de un Neustadt intensamente vivo, estoy también hablando de un periodista en retirada. Yo lo leí, lo escuché y lo vi más que a cualquier otro. Merecería más justicia: incluso en esta columna.

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E N C U E S T A
Padre Grassi:
¿Inocente o culpable?




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