Noticias

20/12/2010

Fuente: Revista Políticamente Incorrecto, Número VII, Año I, Octubre-Noviembre 2010

PADRE JULIO GRASSI
EL CASO DREYFUS ARGENTINO


El que sigue es el testimonio, despojado y honesto de un personaje popular. Se trata de la misma persona que no vaciló en poner en serio riesgo su carrera artística, hasta ese momento brillante, por salir a defender, como lo manda Jesucristo, a un amigo: el Padre Julio César Grassi. Recorriendo el siguiente informe, el lector podrá encontrarse con impresionantes detalles de un complot mediático judicial.
 


 Me llamo Raúl Portal. Mi ascendencia es, desde hace 300 años, totalmente francesa, lo que no impidió que por mis venas circule sangre totalmente celeste y blanca.

   He superado ya la barrera de los setenta años, lo que en este mundo loco y feroz, no es poco. He soñado, creído, luchado y tratado de reafirmar en todas las circunstancias de mi vida, los valores heredados de mis ancestros, que a mi vez, con toda mi alma le inculqué a mi único hijo Gastón. No heredará de mí bienes materiales, puesto que no supe o, más bien, no me interesó acumular. Pero sí, le dejo lo que creo un valioso legado: raíces, alas y ejemplos. Y quizás el más importante de ellos sea uno que resumió tan bien Ortega y  Gasset : “Vivir es intervenir”. Es lo que hice, desde siempre; a veces acertando y otras errando, pero nunca por omisión, indiferencia o cobardía.

   Las fantasías de mi infancia están sólidamente asociadas al sentido ético y épico de la vida, abrevado en el amor a lectura que me inculcó mi padre y yo le transmití a mi hijo.

   Entonces, leer era más fácil: no existía ese vicio llamado televisión, que como dice un sabio reo amigo mío, es como la masturbación: “entretiene, pero abomba”.

   Así desfilaron por mi imaginario toda clase de aventuras que yo en mi exultante fantasía sentía protagonizar. Resultado: ya no pude vivir sin causas ni la obligación autoimpuesta de luchar por ellas, pagando en la mayoría de las veces altos costos, que siempre resultan más baratos que el abominable “no te metás”. Cuando uno sabe que debe hacer algo, no puede especular con miserables conveniencias o consecuencias.

   Es un tema –nada menos– de honor. Esta breve reflexión sobre mi conducta, de la que, por cierto, no me arrepiento, espero que sirva para que me comprendan aquellos –incluidos seres queridos– que me preguntan, seguramente de buena fe: ¿Pero cómo te metiste en ese quilombo, no te das cuenta de que te estas inmolando? Mi respuesta es automática: “el Padre Grassi  es mi amigo y –fundamentalmente– inocente de los horrores con que perversamente se lo difama, y si yo tuviera la menor sospecha sobre su culpabilidad en un delito tan aberrante, perdería sin duda mi amistad.”

   Por eso cuando me preguntan si pongo las manos en el fuego por él, contesto que no solamente lo hago, sino que además, y sin vacilar, me subo a la pira, satánicamente armada por una inquisición mediático-judicial, afortunadamente minoritaria.

   Quince años tenía cuando cayó en mis manos un gigantesco librito titulado “Yo acuso” escrito por Emile Zola, cuya monumental obra literaria de más de cincuenta tomos no le impidió dedicar parte de su valioso tiempo a luchar (y finalmente vencer) por demostrar la inocencia de un hombre honorable, el Capitán Dreyfus, quien a finales de siglo XIX fue injustamente acusado y condenado por traición a la Patria, como resultante de falsas acusaciones de un grupo de corruptos y cobardes militares.

    Aquel libro de mi adolescencia, que tanto me impactó, apareció –¡oh causalidad!– en mi superpoblada biblioteca, como un inescrutable designio del Señor para poner dentro del contexto adecuado el “Caso Grassi”. Está bien claro: la inocencia del sacerdote será –antes o después– definitivamente reconocida y su espíritu saldrá indemne de tanto dolor, que resistió con el tesón de aquel Dreyfus que logró, contra todos los poderes, reivindicar su honor.

    Y a pesar de la sideral distancia que me separa del inmortal Zola, su recuerdo me inspira para librar la desigual lucha que sigo batallando, por cierto en gran soledad, para que los sicarios del mal no logren su miserable propósito de destruir la honra, la obra y –sobre todo– la fe de un cura que ha dedicado su vida entera a hacer el bien.

   Agradezco la oportunidad que me da esta revista para contar la historia completa –muy sintéticamente– de la atrocidad moral (y material) perpetrada contra un hombre que demostró tener la santidad necesaria para sobrellevar su Vía Crucis con el coraje, la dignidad y la fuerza de aquel a quien la maldad no logra doblegar.


   Conocí a Julio en el año 1990, a raíz de un reportaje que me hizo en una radio de San Justo, barrio en el que aún reside. A los pocos minutos de la charla, ya me estaba “mangando” para los chicos pobres. Poco tiempo después yo descubriría que esa era la gran causa de mi vida, junto a mis queridas Malvinas.

   La amistad y la causa común: el amor al prójimo nos unió, y allí estuve (y sigo estando) acompañándolo, desde el principio, cuando en un basural de Hurlingham fundó el hogar que sería reconocido como “Modelo en Sudamérica”, llegando a albergar 6.000 chicos en estado de riesgo.

   Mi mujer Lucía, compañera inclaudicable, sostén de mis utopías, participó desde el principio y durante estos quince años en diversos “puestos de batalla”: fuimos voluntarios, padrinos, asesores, colaboradores y en mi caso: vicepresidente, presidente y actualmente presidente honorario de nuestra amada “Fundación Felices los Niños” por la que pasaron más de… ¡50.000 chicos! Hoy a raíz del alevoso crimen cometido contra el Padre y su obra, de aquellos 6.000, quedan 4.500, lo que significa que ya, pase lo que pase, los responsables de tanto daño cuentan en su haber haberle arruinado la vida a 1.500  chicos que vaya a saber por dónde andarán y qué peligros estarán corriendo.

   Para ellos ya no habrá Emile Zola que los reivindique.

   En el esplendor del Hogar, una encuesta determinó que el Padre Grassi era, por lejos, el cura más popular de la Argentina, lo que generó como desgraciadamente corresponde a la condición humana, odios y envidias.  Pero la verdadera tragedia comenzó cuando en el año 2000 empezó a circular una serie de anónimos, en los que se acusaba al sacerdote de diversas e inexistentes irregularidades en la Fundación.

   Poco tiempo después las “denuncias”subieron de tono alegando supuestos “abusos a menores”.

   Los autores de tan ruin campaña de anónimos, como buenos cobardes, nunca dieron la cara, pero su supuesta identidad se menciona en el libro “Galimberti” (Página 551) de los periodistas Larraqui y Caballero. El Padre hizo lo que correspondía: una autodenuncia para que la justicia investigue la veracidad de tales  acusaciones. Tres jueces de menores de Morón investigaron el caso y luego de 198 “testimoniales” (estudios socio-ambientales) llegaron a la conclusión de se trataba de burdas mentiras.

   Hasta allí, todo bien, pero… La tentación de un gran escándalo y su directo beneficio: un gran “rating” y su consecuencia: un gran negocio comercial, se materializó en un “informe” del programa “Telenoche investiga” que ya tenía en su haber una larga lista de “denuncias” (todas con cámara oculta) que habían destruido impunemente a los denunciados, que en muchos casos demandaron judicialmente al programa, ganando juicios que, como siempre, desgraciadamente, llegaban lo suficientemente tarde a la opinión pública, en la que está instalada la injusta idea de que “denuncia es condena”.

   Esta vez, le tocó el turno a la Fundación, y con un inusitado despliegue propagandístico, se emitió en el año 2002 el informe malévolamente titulado

“Yo Grassi”. En él se exhibía, por primera vez sin cámara oculta, a siete “chicos” que en las sombras supuestamente habían sido abusados por el Padre Grassi.

   Mientras el programa salía al aire, la producción del mismo efectivizó la denuncia en sede judicial, lo que generó la inmediata detención del Padre Grassi y la pérdida de su libertad por 28 dias.

Los medios periodísticos (con honrosas excepciones), se regodearon con este caso, protagonizando un banquete telepantagruélico repleto de detalles escabrosos que, como se demostraría después, casi todos absolutamente falaces, destino que correrán sin duda los pocos que aún quedan.

   En el colmo del festival del daño gratuito, aparece un juez que llama “suite nupcial” al humilde cuarto en que vive el sacerdote, de una austeridad franciscana y cuyas dimensiones, son dignas de un monje de clausura: 2,20 por 3 metros.

   Inmediatamente, se suma al coro de difamadores, nada menos que un fiscal, que informa alegremente que “gracias al informe de “Telenoche Investiga” se ha producido “un aluvión” de nuevas denuncias. “Más de veinte”, arriesga sin pudor alguno.

   Teníamos entonces, entre los siete originales y los fantasiosos del fiscal, alrededor de 30 “víctimas”. El show había comenzado, el banquete estaba servido y una banda inquisidora se sienta a la mesa a devorar ese rentable postre mediático-judicial.

   Rápidamente, se descubre que el aluvión solo existió en la imaginación y el deseo del funcionario judicial. Y la montaña de mentiras empieza a desmoronarse: de los siete denunciantes del informe, uno nunca apareció y de los seis restantes, cuatro declaran indignados que fueron utilizadas, sin consultarlos, fotos de ellos, en sombras, mientras una voz en off  relataba  acusaciones que jamás formularon. Por consiguiente, denunciaron ante la justicia el burdo fraude cometido. Uno de ellos, “Luis” fue más lejos: ¡escribió un libro! cuyo original entregó al diario Ambito Financiero. En él revela la falacia del operativo urdido. El juicio a una editorial, a la que acusa de haberlo difamado por inventar un abuso que nunca existió, lo gana, cobrando una suma de dinero como indemnización por “el daño moral sufrido”. Pero su actitud no termina allí; denuncia haber sido “apretado” por desconocidos para que cambie su testimonio y acuse al Padre. El “apriete” surte efecto y el joven “se da vuelta” pasando aceleradamente de acusador a víctima, Quedan entonces tres supuestos “abusados”, que son los que participaron en el juicio oral que se llevó a cabo siete años después.

   Mientras tanto, con desvergüenza “Göbeliana” (miente, miente, que algo queda) algunos medios de comunicación lanzan –ahora sí– un verdadero “aluvión” de falsedades, destinadas claramente a destruir al sacerdote y, de paso a su codiciada Fundación: así se habla irresponsablemente de lavado de dinero, malos tratos a los niños, amenazas, pornografía, venta de niños, un viaje a Suiza a depositar en una cuenta secreta dinero malhabido, etc., etc. Todas, absolutamente todas, estas falacias no pudieron ser probadas, por la elemental razón de que nunca existieron.

   EL JUICIO. Se llega a él con tres denunciantes y comienza la demolición del complot.

   Un verborrágico abogado querellante comienza a propalar toda clase de infundios, a pesar de la recomendación del tribunal de no comentar lo que sucede en el recinto, por ejemplo: “la pericia siquiátrica efectuada por peritos oficiales al Padre, demuestra que es un abusador serial”. Por supuesto, las conclusiones dicen todo o contrario.


   Otro abogado opina públicamente sin vergüenza alguna, que “ha sido probado el delito porque el acusado tiene ¡mirada de abusador!”... Lombroso, resucitado y feliz.

 Los “casos” son 17: 11 de “Luis”, 4 de “Ezequiel” y 2 de “Gabriel”.

   El Padre es absuelto por 15 y condenado (en primera instancia) por 2. De “Luis” el jurado estima que “mintió descaradamente”, de “Ezequiel”, que su denuncia nunca debió haber llegado a juicio y a ambos los acusa de falso testimonio.

   El tribunal dictamina una condena a 15 años de prisión, sin tener en cuenta varias aberraciones jurídicas, por ejemplo: El supuesto abuso sucedió el 6 de diciembre de 2002. Según la “víctima” ese día huyó de la Fundación conmocionado por “la traumática situación vivida”.

   La defensa presenta un video-tape del programa televisivo “El Portal de la Vida”, conducido por Raúl Portal y emitido por el Canal Magazine esa misma noche, en el que se ve a Gabriel junto al Padre y otros chicos divirtiéndose alegremente.

   La querella y la fiscalía, lógicamente alarmadas, impugnan la prueba alegando toda clase de razones. Pero la pericia de Gendarmería es lapidaria: es auténtica.

   Entonces sucede algo jurídicamente increíble: la fiscalía decide “correr la fecha” al siete de diciembre. Tampoco tienen suerte: se presenta una carta escrita ese día de puño y letra por Gabriel en la que informa que se va de la Fundación porque sus compañeros lo maltratan. Otra acusación caída y, además, el verdadero motivo de su partida, debidamente denunciada en la Policía. El joven niega que esa sea su firma, pero nuevamente, Gendarmería comprueba la autenticidad. El dislate llega a su climax, cuando la fiscalía, ante los dos fracasos intenta otra mentira, ésta, realmente desopilante. Como quien busca un hueco para estacionar un auto, vuelve a correr la fecha, ubicándola ¡el día 8 a las dos de la mañana! en la sede de Hurlingham.

   Nuevamente, mala suerte, porque quedó en evidencia que esta vez, se trataba, además de una mentira, de un clarísimo DELITO IMPOSIBLE, ya que ese día el Padre ofició una  misa de esponsales en la iglesia María Auxiliadora de Almagro (Hipólito Irigoyen y Quintino Bocayuva) de la que salió a la una de la mañana. 45 minutos después, entraba en radio Rivadavia para conducir su programa “La Manga” que se emitía de 2 a 5 de la mañana. La pregunta de millón: ¿Se puede ir de Almagro a Hurlingam (cuando aún  no se había construido el tramo de la autopista del oeste de Liniers a Morón), estar 20 minutos en la Fundación, abusar en cinco minutos de un chico y volver a la radio, en Pueyrredón y Arenales (Barrio Norte) en… ¡45 minutos!? Por supuesto que no. como lo indica la más elemental lógica. Pero yo hice más: procedí a realizar lo que los jueces debieron hacer: LA RECONSTRUCCION DEL HECHO. A la una de la mañana del sábado once de julio de este año, en un auto conducido por mi mujer, con dos periodistas del diario Crónica y un cameraman que grabó sin interrupciones todo el recorrido, partimos de la iglesia, a la una de la mañana; testimoniamos los tiempos.

Relojes, cámaras y los tickets de los peajes yendo lo más rápido permitido y por el camino más corto (que debió haber transitado el Padre de haber sido cierta la absurda acusación) llegamos a la Fundación a las HORA DOS. Allí se procedió con un testigo que estuvo (realmente) aquel día, a emplear el tiempo aludido (“abuso” de cinco minutos incluido) para partir 20 minutos después con destino a la radio, a la que llegamos a las TRES HORAS Y TRES MINUTOS.

   Vale aclarar que ese sábado integró un “fin de semana largo” por el 9 de Julio. Si la prueba se hiciera hoy, se tardaría aún mucho más.

   Conclusión: el Padre Grassi jamás pudo cometer un delito en un lugar donde,  a esa hora, NO PUDO HABER ESTADO. El informe sobre esta irrefutable y lapidaria prueba puede verse (y difundirse) en dos partes de diez minutos cada una en YOUTUBE, buscando PRUEBA RAUL PORTAL.

   El segundo “caso probado”, de no ser este complot una verdadera tragedia, podría tomarse como una patética broma. “Aunque usted no lo crea”, Gabriel relató que el Padre le dio “un pico” pero no recuerda cuando, donde, ni como se llamaba el chico que presenció el hecho. Sin palabras. Que las personas de bien, saquen sus propias conclusiones, que no serán seguramente, coincidentes con las de los jueces.

   Por supuesto, el fallo fue apelado al Tribunal de Casación, el cual insólita y desgraciadamente, ratificó el fallo del tribunal de Morón, con la continuidad del terrible daño que este caso implica para el Padre, los chicos que están en la Fundación y los miles más que podrían estar hoy de no haber mediado tamaña maldad.

   La pregunta aparece por sí sola: ¿Por qué fallaron de esa forma los jueces? Yo también tengo derecho, como ellos, de tener “intima convicción”; y ella sospecha de  muchas razones, que mantendré en reserva hasta el día que se conozca toda la verdad.

   Como creyente que soy, sé que ese día siempre llega y entonces cada cual rendirá cuentas a su conciencia (la gran jueza) de la razón de su obrar. Se que los jueces recibieron (como siempre sucede) muchas presiones, pero no los acuso ni denosto; y desde mi buena fe, que afortunadamente aún conservo, deseo creer que, simplemente, se equivocaron. De ser así, cometieron un error demasiado caro, que afecta muy duramente a miles de niños rescatados del siniestro circuito del delito y el abandono.

   El castigo de la cárcel reside en la imposibilidad de salir. Pero hay otra prisión peor: la que impide al castigado entrar. Es el que está padeciendo un digno Hombre de Dios, al no poder entrar al Hogar que fundó para tantos chicos que tanto lo necesitan.

   El Padre está sobrellevando su Calvario con un increíble coraje y con la fortaleza que brinda una conciencia limpia y clara. El sabe que recorre el camino de Jesús: difamado, torturado, sometido a escarnios, asesinado. Pero finalmente… ¡resucitado!

   Mi misión ante mi amigo inocente y los miles de hijos que dependen en parte de mi, es ser , humildemente, un Cireneo, emulando a aquel Simón de Cirene, que –nada menos– ayudó a Cristo a llevar su cruz.

   En este caso he visto con toda crudeza los insondables abismos del alma humana. He descubierto personas maravillosas que, como optimista crónico que soy, sigo creyendo que son mayoría. Y también seres abyectos, que obscenamente lucen los peores

galardones del mal: la indiferencia, la impiedad, el desamor, la cobardía y el que es –a mi humilde juicio– el peor de todos: la hipocresía, que tantas puertas me cerró, lo que no me preocupa en lo más mínimo, porque se que “el que cierra, se encierra.” Y hay muchos encerrados en sus pequeños intereses materiales. Afortunadamente no perdí ningún amigo, porque los que me abandonaron, simplemente, no lo eran.

   El “Caso Grassi” será un típico “Leading Case” y seguramente una derrota de uno de los últimos cotos de impunidad.

   El “Caso Dreyfus”, que vuelve hoy a mi desde mi utópica adolescencia, cierra un circulo que me llena de orgullo: haber transformado aquel sueño de luchar por una causa justa y real contra la injusticia, en una tangible realidad.

   Aquel honorable Capitán Francés, víctima de corruptos poderosos, que pagó su injusto castigo con ocho años de privación de la libertad en la monstruosa Isla del Diablo, nos recuerda desde su cercana lejanía que el compromiso con la verdad y la lucha por las convicciones no sólo son posibles, sino, además, imprescindibles.

   Un juez, el doctor Branca, acusado también por “Telenoche Investiga”, perdió su carrera, estuvo once meses preso y fue finalmente absuelto…¡doce años después!

   El Padre Grassi ya lleva en su pesada mochila ocho años de ignominia, pero no se rinde porque sabe que la única batalla perdida es la rendida. David vencerá nuevamente, aunque este caso es más difícil porque hay que enfrentar a varios Goliat.

   Increíblemente (o no), a la Fundación le han quitado los subsidios que gozan legalmente los Hogares privados, pero la Divina Providencia inspiró a miles de humildes corazones solidarios que cumplen con aquello de que “el que más da es el que menos tiene”. Así, los barrios marginales que rodean el Hogar colaboran generosamente con lo poquito que tienen. A ellos se suman los que tienen mucho y como saben que no se puede ser feliz entre infelices, discretamente aportan lo suyo.

Y si los lectores de este sentido relato, se conmueven y desean colaborar con esta obra, pueden hacerlo llamando al 0.605.111.6001, donando 12 pesos que se convierten inmediatamente en cuatro solidarios almuerzos. Para otro tipo de donaciones, que tanto necesitamos y agradecemos, comunicarse al 4551.7049.

Estas páginas son un apretado resumen del “Caso Grassi”, incompleto, pero suficiente para comprender cómo por unos míseros treinta dineros (léase 30 puntos de rating, que fueron 40) unas pocas pero perversas mentes, intentaron destruir una maravillosa obra que, ante la ola de delincuencia infantil que nos está asolando, se hace hoy más necesaria que nunca.

   Hay más, muchísimas cosas más que develar en esta verdadera tragedia, que no caben en estas líneas, pero sí en un libro, bien completo que habrá de desenmascarar a los ejecutores, instigadores y autores intelectuales de este imperdonable crimen.

   Cuando alguien me dice: “¡cómo cambiaste!, respondo: “claro, crecí, porque  se puede cambiar sin crecer, pero no crecer sin cambiar. Y este juicio me hizo cambiar mucho, porque ahora sé cosas que no sabía, lo que me hizo comprender cosas que no comprendía y especialmente– luchar por cosas por las que no luchaba.

   Sé, por ejemplo, aunque no pueda demostrarlo, que todos los involucrados en este caso, incluidos jueces, fiscales, abogados querellantes y –sobre todo– denunciantes, saben perfectamente en su fuero íntimo que el Padre Grassi es totalmente inocente, como también lo sabe o lo intuye –y doy fe– la gran mayoría de la opinión pública.

   Sé que los jueces deben ser idóneos, honestos e independientes, pero no carecer de un atributo esencial: tener los cojones necesarios para no dejarse presionar ni tentar por “los poderes” ni nada que modifique su “sano juicio” tan fácil de enfermar.

   A raíz de todo esto, si me preguntan si, después de lo que he vivido, sigo creyendo en los jueces, respondo que sí, pero…no en todos, claro. Y a veces incorporo un poco de sabio humor: cuento que a un monje oriental le preguntaron qué opinaba de la justicia  humana y el religioso, sin inmutarse respondió: “¡Sería una buena idea!”

    No quiero olvidarme de quienes, por carecer de pruebas reales y concretas para sus falacias, recurren al insulto, a la mentira, a la injuria y difamaciones de todo tipo contra el Padre y sus defensores, procurando dañarnos de cualquier manera. A todos ellos, les quedo muy agradecido recordándoles una frase de Perón: hay odios que honran y enemigos que prestigian.

   Finalmente, a quienes les intriga de dónde saco la fuerza para librar casi en soledad tan despareja batalla, les digo que de mi hijo Gastón, que desde su llegada a este mundo, es mi causa, mi bandera y mi obra de arte. No hay mejor recompensa en este mundo que un hijo orgulloso de su padre. Si, aunque sea intermitentemente, alguna vez  logré semejante recompensa, simplemente, no habré vivido en vano.

    Y si un día, mi primera nieta, Olimpia, le pregunta a su padre como era su abuelo, espero que le diga: “un tipo que, con alma y vida y siempre de buena fe, hizo todo lo que pudo; y como corresponde a todo creativo, soñador y luchador, estaba, para quienes no lo comprendían, completamente loco, opinión que no solamente no le importaba en lo mas mínimo, sino que lo halagaba y divertía mucho.”

Raúl Portal

Link permanente a este ítem

E N C U E S T A
Padre Grassi:
¿Inocente o culpable?




Ver resultados
(Luego de votar cierre la ventana)
Comienzo encuesta: 21/12/2008