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28/3/2010

Fuente: Carlos Juvenal: Buenos Muchachos

Investigación Periodística:
Denuncia a Dr. Federico Nieva Woodgate y a Miguel Etchecolatz en encubrimiento de Banda "Arquímedes Puccio y Aníbal Gordon"


Introducción


Nieva Woodgate
Ex Juez Caso Puccio
En Mayo de 1976, en pleno apogeo de la Dictadura Militar el Dr. Federico Nieva Woodgate reinaba como Juez Penal en Lomas de Zamora, lugar donde la banda de Arquímedes Puccio y Aníbal Gordon perpetraron uno de sus primeros secuestros extorsivos. La mala instrucción de la Causa del ahora Fiscal General de Morón y el represor Miguel Etchecolatz llevaron a dejar libre a Puccio. Después la trágica historia es conocida: tres muertos en secuestros hechos por el Clan Puccio y Aníbal Gordon. El periodista Carlos Juvenal denuncia en este libro Buenos Muchachos a FEDERICO NIEVA WOODGATE siendo Juez de la Dictadura Militar, luego ascendido por los Jefes del Proceso de Reorganización Nacional a Fiscal General de Morón, puesto que hasta hoy detenta.
Luego de describir detalles del secuestro de Enrique Segismundo Pels, gerente general de la cerealera Granar y director de Bonafide, siendo detenido Arquímedes Puccio como responsable del hecho, cuenta Juvenal que después del Mundial 78, en plena Dictadura:
"El doctor Gerardo Domingo Pelle, ya juez, firmó el sobreseimiento provisional de Puccio y sus consortes el último día de mayo de 1976. Se convirtió en definitivo el 12 de julio de 1978, auto rubricado por el juez en lo Penal Federico Nieva Woodgate."


Periodista Carlos Juvenal
Autor del libro
''Buenos muchachos''
Luego, Carlos Juvenal, al hablar del compañero de tareas de Nieva Woodgate, el ex represor Miguel Etchecolatz, continúa diciendo:
"Olvidaron, también, que un policía declaró que Puccio trató de dispararle a quemarropa y el tiro no salió. Una nimiedad: intento de homicidio. Ni siquiera eso conmovió a Miguel Etchecolatz. Tan hábil para interrogar a Timerman, Edgardo Sajón, Lidia Papaleo y otros miembros de la familia Graiver y se le escapó Puccio. Claro, reprocharle a Etchecolatz lo endeble de esta investigación sería como cuestionar a Stalin y Hitler porque se vestían mal".

Y casi gritando a la dormida conciencia de los funcionarios judiciales involucrados el autor del libro Buenos Muchachos exclama en voz alta literaria:
"Deben saber los jueces (Nieva Woodgate), secretarios y policías (Miguel Etchecolatz) que supuestamente investigaron la causa, que está probado que Arquímedes Puccio dirigió después una banda que cometió, al menos, tres asesinatos a sangre fría. Ellos, tal vez, pudieron haberlos evitado. El resto, es un problema de conciencia".
"Si alguien dentro del campo judicial hubiese movido un dedo, solamente uno, tal vez habría averiguado que Puccio trabajó con Aníbal Gordon en la SIDE y conocía muy bien lo que se llama hotelería dentro del campo del secuestro extorsivo. Gordon, por esos días, compartía tareas en la SIDE con el comodoro Arca y no hubo pedido de informe alguno a esa dependencia. Es de suponer que si la Justicia hoy, llegara a pedir un dato tan relevante para sumar pruebas de una gigantesca asociación ilícita, la SIDE las aportaría".


Tapa del libro
''Buenos muchachos''

Compartimos a continuación el Capítulo completo:




A fines de octubre de 1973, la Brigada de Investigaciones de Avellaneda recibió un informe confidencial sobre un secuestro extorsivo ocurrido el 23 de enero en Vicente López. Enrique Segismundo Pels, liberado el 2 de febrero en Pavón y Agüero, de Avellaneda, era gerente general de la cerealera Granar y director de Bonafide, una gigantesca empresa que cubría todo el país con la venta de café al público. No hizo la denuncia policial: era 1973 y sus captores metían miedo.


En octubre de 1973, el comisario Etchecolatz contaba la confesión de los detenidos, entre ellos Arquímedes Puccio, por el secuestro de
Enrique Pels.
(Cliquear la foto para ampliar)
A los pocos días, los policías de Avellaneda dieron con Luis Jofre, de 44 años, un sospechoso, al que detuvieron en su casa de Quilmes. Al ser interrogado, Jofre admitió que en el Sindicato de Prensa, ubicado en Cangallo al 1100, de la Capital Federal, conoció a Arquímedes Puccio, Roberto Enrique Martín y al comodoro Arca, quienes le encargaron conseguir una casa en la zona sur, donde debían alojar a un secuestrado. Así de simple. Un amigo, Martín Oscar García, tenía una vivienda desocupada en Emilio Castro y Riobamba, Lomas de Zamora, y con él llegó a un acuerdo para que cediese la casa a cambio de una generosa retribución. Jofre alegó no haber participado en el secuestro, aunque recibió, en febrero, una recompensa de tres millones de pesos, moneda nacional, enviados por Puccio. Dicen que, antes de que Ernesto Lorenzo fuera asimilado a la banda de Gordon, su chofer era Jofre. Luego cayeron García, de 47 años, y Arquímedes Rafael Puccio, de 49. Palabras más, palabras menos, aportaron los mismos datos que Jofre, pero agregaron que en una reunión realizada en la Bolsa de Comercio, el comodoro Arca tranquilizó a García, asegurándole que la casa no la necesitarían para un secuestro, sino para albergar a perseguidos políticos. Martín García y Puccio fueron los encargados de llevar alimentos a esa casa de Lomas. García reiteró que con eso había concluido su tarea, pero reconoció que fue a ver al comodoro Arca, que le devolvió las llaves de la finca de Lomas y le pagó diez millones de pesos, moneda nacional. Seguramente, casi el valor de la propiedad. Puccio, que se presentó como doctor en Ciencias Económicas, vivía en la calle Vicente López y Planes, de Acassuso, en un chalet que —otra desafortunada coincidencia— compró dos meses después del secuestro de Pels. Arquímedes, efectivamente, fue el que hizo las gestiones para conseguir la casa en la zona sur, pero insistió en que era para ocultar a unos uruguayos refugiados que eran tupamaros y que esos terroristas extranjeros, en realidad, eran los secuestradores. ¡Acabáramos! Doce años después repetiría el pretexto. En cuanto a Pels, Puccio se justificó: "Necesitábamos plata para el movimiento peronista. Yo lo conocía a Pels; era una persona muy solvente". Los policías que lo detuvieron en Acassuso dejaron sentado en el sumario que Puccio, cuando lo estaban por detener, aprovechó un descuido, sacó una pistola y disparó contra el suboficial Rey. Por suerte para éste, el arma tenía el cargador puesto, pero no había balas en la recámara. La pistola secuestrada era una Beretta calibre 22, largo. Remanente, con seguridad, del contrabando que le costó el puesto en la Cancillería. Como haría en 1985, el testimonio de Puccio fue delirante: no conocía a todos los secuestradores, él y García llevaban comida a la vivienda de Lomas de Zamora y el intento de disparar contra los policías que fueron a detenerlo se produjo porque creyó que eran extremistas disfrazados.


Diciembre de 1973: Puccio, asistido por Edgar Saá, niega su participación en el secuestro y aclara que recibió a los policías con armas porque los confundió con delincuentes.
(Cliquear la foto para ampliar)
A Pels se lo llevaron a las siete de la mañana de su casa de la calle Monasterio al 1400, de Vicente López, a menos de diez cuadras de la Residencia Presidencial de Olivos. Se estaba vistiendo, cuando un hombre, con una ametralladora, apareció en su dormitorio. Con los nervios, al intruso se le escapó un tiro y Pels terminó vistiéndose con pantalón y saco, pero sin camisa y descalzo. Cerca de la víctima estaban su mujer y una empleada, ambas maniatadas. Lo encapucharon, todos unos adelantados en la materia y lo sacaron de la casa en el Peugeot 404 de su esposa. Luego lo trasladaron a otro vehículo, que no identificó, pero era el Ford Falcon de Puccio, chapa C 144.279. Después de un largo viaje en el que soportó varias amenazas y sintió los cañones de un par de armas en las costillas, terminó en una casa con una cadena que le rodeaba el tobillo y la muñeca derechos. El jefe de la banda le informó que era un comando de guerrillas y que no querían rescate. Sin embargo, en su vivienda de Vicente López dejaron una nota en la que exigían 10.000.000 de pesos Ley 18.188, que acababa de reemplazar al peso moneda nacional. Pels no entendía nada. Lo obligaron a escribir cartas para su familia. Pasaba el día dentro de una carpa, pero debajo había un piso de parquet. Carlos Koldobsky, en 1979, contaba una circunstancia parecida: una carpa sobre piso de roble. Pels casi no habló con sus captores, lo alimentaron frugalmente y prefería no creer en las amenazas de muerte.


Miguel Etchecolatz
Ex investigador con
Nieva Woodgate
Caso Puccio
Las actuaciones policiales fueron derivadas a la Justicia. El instructor fue el comisario inspector Miguel Etchecolatz, jefe de la Brigada de Investigaciones de Avellaneda, acusado años después de gravísimas violaciones a los derechos humanos. Jofre y García designaron defensor al doctor Oscar Igounet, conocido por asistir a militares y agentes de inteligencia con problemas judiciales, y Puccio al dirigente justicialista Isidoro Ventura Mayoral, luego sustituido por el abogado Edgar Saa, familiar de los conocidos hermanos Rodríguez Saa, los de San Luis. Ventura Mayoral atendía por esos días los intereses de Juan Domingo Perón, mientras que Saa, dilecto amigo del doctor Julio González, secretario técnico de la Presidencia durante la gestión de la señora Isabel Perón, fue apoderado del Ministerio de Bienestar Social de López Rega, presidente de la financiera Inverco, una empresa cautiva del grupo Siam, jefe de Asuntos Legales de Bienestar Social y Procurador del Tesoro. Los puestos eran oficiales, y los ejerció en forma simultánea. Sólo en ese momento, cuando lo citaron a declarar, Pels admitió el secuestro. Sus captores habían sido claros: "Si habla lo matamos". El rescate, diez millones de pesos Ley 18.188, se pagó en San Isidro, cerca del Hipódromo. A don Arquímedes no le gustaba viajar.


Arquímedes Puccio
Como era de esperar, Puccio en la indagatoria, cambió todo. El había sido la víctima de unos intrusos que entraron en su casa, a los que trató de repeler con un arma que no funcionó. Conocía a Roberto Enrique Martín, porque éste era el secretario privado del mayor Alberte, que fue delegado del general Perón; y también al comodoro Arca, jefe de Contraespionaje de la SIDE. Martín García negó todo lo dicho sobre su casa de Lomas de Zamora. Como Puccio, habló de su lucha en la resistencia peronista y reconoció su amistad con el comodoro Arca. En cuanto a sus declaraciones ante la Policía —truco—, denunció que habían obedecido a coacciones. Jofre sólo dijo que conocía a Puccio y a García por la común militancia peronista y que esta situación lo perjudicaba porque Emilio Abras, secretario de Prensa y Difusión de la Presidencia de la Nación, le había ofrecido coordinar la seguridad en las radios Belgrano, Splendid y El Mundo y en Bienestar Social, en el área de los jubilados. Obvio, la policía lo había sometido a apremios, lo que es probable, y por eso su declaración anterior. Pero lo que se saca en limpio de este caso es que Puccio pertenecía al elenco de la Triple A, trabajaba cerquita de López Rega, cobraba sueldo en la SIDE y conocía bien al comodoro Arca que, se verá, justamente en la SIDE, cumplía tareas codo a codo con Aníbal Gordon.


Aníbal Gordon
Jofre se presentó como de la resistencia peronista y explicó que vivía en la clandestinidad porque un hermano suyo había muerto en el levantamiento del general Juan José Valle, en junio de 1956. Rodolfo Walsh y Salvador Feria, que investigaron a fondo esa historia, no mencionaron a alguien de apellido Jofre entre los fusilados por la aplicación de la ley marcial, o los acribillados en Lanús o José León Suárez. Estos últimos episodios fueron un anticipo de los que vendrían veinte años después.

El juez ordenó un reconocimiento en rueda de presos. Pels, su esposa y la empleada del servicio doméstico no individualizaron a persona alguna. Estábamos, claro, a fines de 1973, con la Triple A funcionando a toda máquina y con un implicado que trabajaba en Bienestar Social. En horas, Jofre, Puccio y García quedaron libres por falta de mérito. Puccio, el lunes 10 de diciembre de 1973, le agradecía a Jorge Osinde sus gestiones para que recuperara la libertad. El definitivo llegó el 27 de marzo del año siguiente. Lo firmó el nuevo juez de la causa, Pablo Peralta Calvo, que se encontró con hechos consumados y con el tiempo en contra. El doctor Peralta Calvo es el mismo magistrado que llevó la causa número 496, caratulada "Homicidios, lesiones graves y leves en riña, abuso de armas, tenencia de explosivos y armas de guerra", más conocida como la matanza de Ezeiza del 20 de junio de 1973, cuando Perón regresó al país en forma definitiva. La sobreseyó en muy poco tiempo porque no encontró elementos de juicio necesarios como para procesar a alguien. Existían y existen testigos, documentos, fotos periodísticas e imágenes de televisión. Vale repetirlo: todos vivíamos con la Triple A suelta.

El 30 de abril de 1974 el fiscal Horacio Daniel Piombo apeló el fallo y pidió una serie de medidas de prueba que, sin duda alguna, los jueces de la causa debieron haber ordenado en su momento: el reconocimiento de la casa por parte de la víctima, un interrogatorio entre los vecinos, que declararan los policías que habían intervenido en la instrucción e, inclusive, que se librara un oficio a Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires para determinar si, como lo había comentado la víctima, durante una de las jornadas de cautiverio la casa se había quedado sin luz eléctrica. Esta diligencia perdió sentido porque la vivienda de Lomas robaba energía de los cables que pasaban por su frente. El tema terminó en la Cámara de Apelaciones de Lomas de Zamora que, el 3 de julio de 1975, revocó los sobreseimientos. En esta instancia, Puccio designó como codefensor a Rafael Zelaya Mas, un penalista que fue secuestrado en 1978 y está desaparecido. ¿Habrá sido acreedor de Puccio?

En el expediente judicial del secuestro de Pels no hay constancia alguna de que se haya hecho una investigación seria alrededor de la casa de Lomas de Zamora. Es más, Pels ni siquiera fue a reconocerla. Tampoco se supo si los vecinos tenían algo para contar. La casa estaba; no había que buscarla. La indagación sobre el patrimonio de Arquímedes Puccio resultó una mera formalidad. No se libró un oficio al Ministerio de Relaciones Exteriores para saber la razón por la cual se lo había apartado de la Cancillería; tampoco se allanaron las viviendas de los acusados en procura de la máquina de escribir con la que se redactaban los mensajes para la familia de la víctima, no se citó al comodoro Arca, personaje clave en la investigación, ni se averiguó el movimiento bancario de los acusados. Ni hablar de tareas de inteligencia. Nada. No se buscó a Roberto Enrique Martín, prófugo desde el vamos, ni a Martín García, que al salir en libertad provisional dejó una dirección inexistente. El doctor Gerardo Domingo Pelle, ya juez, firmó el sobreseimiento provisional de Puccio y sus consortes el último día de mayo de 1976. Se convirtió en definitivo el 12 de julio de 1978, auto rubricado por el juez en lo Penal Federico Nieva Woodgate. Olvidaron, también, que un policía declaró que Puccio trató de dispararle a quemarropa y el tiro no salió. Una nimiedad: intento de homicidio. Ni siquiera eso conmovió a Miguel Etchecolatz. Tan hábil para interrogar a Timerman, Edgardo Sajón, Lidia Papaleo y otros miembros de la familia Graiver y se le escapó Puccio. Claro, reprocharle a Etchecolatz lo endeble de esta investigación sería como cuestionar a Stalin y Hitler porque se vestían mal. Deben saber los jueces, secretarios y policías que supuestamente investigaron la causa, que está probado que Arquímedes Puccio dirigió después una banda que cometió, al menos, tres asesinatos a sangre fría. Ellos, tal vez, pudieron haberlos evitado. El resto, es un problema de conciencia. De toda esa papelería estéril, el juicio por el secuestro, se puede rescatar una frase de Arquímedes Puccio, parte final de un escrito de diecinueve carillas en las que explicó cómo había ganado el dinero con el que compró su vivienda de Acassuso: "Manifiesto a vuestra señoría que esta apretada síntesis de mis distintas tareas, involucran una labor plena de antecedentes, y de marcada significación por los puestos desempeñados en la Administración Pública, Profesional, y empresas privadas, basadas en mi modesta capacidad y amplia moralidad, como lo atestiguo con las pruebas acompañadas".

Si alguien dentro del campo judicial hubiese movido un dedo, solamente uno, tal vez habría averiguado que Puccio trabajó con Aníbal Gordon en la SIDE y conocía muy bien lo que se llama hotelería dentro del campo del secuestro extorsivo. Gordon, por esos días, compartía tareas en la SIDE con el comodoro Arca y no hubo pedido de informe alguno a esa dependencia. Es de suponer que si la Justicia hoy, llegara a pedir un dato tan relevante para sumar pruebas de una gigantesca asociación ilícita, la SIDE las aportaría. Razonable es creer que a Puccio le pareció que la cuota que le pagaban por ocuparse de cuidar a los cautivos era insuficiente y se cortó solo. Nadie se preguntó, aparentemente, algo obvio: las víctimas de Puccio, cuando actuó por cuenta y riesgo, fueron todas personas a las que conocía. Como suelen decir los españoles: "A lo bestia". ¿Sería el caso de la señora de Prado? Si el mundillo del hampa comentaba que su cochería algo tenía que ver con la desaparición de cuerpos durante el Proceso militar, ¿por qué no averiguar algo más? Suele sentirse como una perversidad investigar a las víctimas. Hasta el más necio de los detectives del mundo sabe que es inevitable hacerlo y que de esas investigaciones aparecen evidencias. En el caso de los secuestros, esto es elemental: el entregador siempre es alguien cercano. Siempre. La primera pregunta es obvia: ¿Conocía la señora de Prado a Aníbal Gordon y Arquímedes Puccio?

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