Cartas


Cadena de Oración
por el Padre Julio César Grassi

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De: Ana Graciela Feoli

Fecha: 27 de diciembre de 2002

Asunto: Cartas de apoyo en AmbitoWeb


Señor Director:
Conozco al padre Julio César Grassi desde hace muchos años.
Lo conocí en la Parroquia de la Sagrada Familia de Nazareth, en Banfield, mi ciudad natal. Allí, de la mano y las sabias enseñanzas del queridísimo y recordado padre Delgado (el párroco de entonces, Oscar Delgado Carrizo, ya fallecido) comenzamos a realizar tareas de catequesis de primera comunión con niños. Yo tendría 14 años, y él, 15.
Así fue como los dos nos apasionamos por la niñez, y comenzamos (él mucho antes que yo) a inquietarnos por la niñez desvalida. Entonces surgió la inquietud y nos pusimos en marcha: todos los sábados alrededor de las 8 de la mañana, Julio pasaba a buscarme por casa y junto a otros adolescentes íbamos a una villa de emergencia para estar con los chicos. A través de ellos llegábamos a sus familias, y así comenzamos a conocer realidades escalofriantes que intentábamos -desde nuestros pocos años y nuestro corazón desinteresado y lleno de generosidad- remediar.
Con los chicos jugábamos, les ayudábamos en sus tareas escolares -ya que todos tenían las dificultades lógicas de un marco socioeconómico y afectivo muy careciente-, y durante la semana intentábamos recolectar entre nuestros familiares y la gente de la parroquia y los chicos a quienes dábamos catequesis, la ropa y comida que eran necesarias para ellos.
Juntábamos moneditas, y en un mayorista de la zona comprábamos caramelos o chupetines para llevarles. El siempre recordó esos momentos, nunca supimos si los chicos venían por la Palabra de Dios que intentábamos compartir o por los dulces que les llevábamos...
Sin dudarlo, Julio era el motor principal de esta labor. A veces, algunos de nosotros estábamos cansados o amargados frente a la realidad dolorosa que nos acobardaba, y él nos hablaba del testimonio que debíamos dar no sólo como cristianos, sino simplemente como personas... y que no podíamos quedarnos durmiendo cuando había tantos chiquitos esperando... Así nos daba fuerzas para seguir adelante, con una alegría y una convicción desbordantes.
Ya en ese entonces, para él los chicos necesitados eran la prioridad. Y algo debíamos hacer. Tenía además (como siempre lo tuvo) una llegada especial hacia los chicos: ellos nos esperaban ansiosos a todos en un saloncito, pero era a Julio a quien se le trepaban primero para darle un enorme abrazo. (Recuerdo claramente la imagen, como si fuera hoy, al ver a los chicos correr para ser los primeros en abrazarlo.)
El ya sabía muy bien con qué cariño tratarlos pero al mismo tiempo era el que les ponía los límites, con el mismo cariño pero con firmeza, cuando era necesario.
Los domingos tempranito íbamos a buscar a unas pocas cuadras de la parroquia a una viejita ciega que nos esperaba anhelante para asistir a misa. La llevábamos a la primera misa... y la acompañábamos de vuelta a su casa después de la última misa, al mediodía, con lo cual la pobre escuchaba, una detrás de otra, todas las misas: la de las 8; la de las 9.30, que era dedicada a los niños, y la de las 11.30, que era la de los jóvenes. Nosotros, muy ocupados con nuestras tareas parroquiales, la dejábamos que rece por todos (Julio siempre le pedía que rece especialmente por los chicos necesitados...).
Pasó poquito tiempo y volví a encontrarlo cuando cambié de colegio y fui a terminar mis estudios secundarios en el Instituto Euskal Echea, de Llavallol. En ese momento los «varones» y las «niñas» estudiábamos en sectores separados: hacíamos la broma de decir que la capilla -que estaba en medio de los dos edificios- era la «Muralla China», para separarnos.
Por lo general, entonces, nos veíamos; pero a veces, al subir al colectivo que nos traía de vuelta a nuestras casas (yo a Banfield, él a Remedios de Escalada), lo veía a él esperándome en el fondo (los varones solían ir hasta la parada anterior para «robarnos» el asiento)... para cederme el asiento. Debo aclarar que esos gestos de caballerosidad sólo él los tenía...
Pasó el tiempo, y tuve la hermosa oportunidad de asistir a la ceremonia de su ordenación sacerdotal. Al día siguiente, ofició su primera misa en nuestra parroquia, y recuerdo claramente con qué cariño recordó los primeros pasos en el trabajo con los chicos desamparados.
Después, lo vi crecer en su obra, siempre preocupado por sus niños que le quitaban el sueño. Estuve en la Fundación. Hablé con algunos niños y adolescentes más de una vez. Ellos me recordaron aquellos otros: siempre fue evidente el cariño real, puro y familiar con que se trataban.
Conozco al padre Julio César Grassi.
Sé de su corazón puro y de su enorme fe.
Sé de su amor absolutamente desinteresado por sus niños y adolescentes. Sé de sus desvelos por darles todo lo que ellos necesitan.
Sé de su amor de padre, preocupándose por sus hijos.
Sé de su interés por sacarlos de una realidad tremenda, ofreciéndoles la oportunidad que esta sociedad injusta les niega a cada paso.
Sé de su preocupación por prepararlos para la vida, con todo lo que ello implica.
Sé de su enorme respeto por todos y cada uno de ellos...
Pero por sobre todas las cosas... sé muy bien que es inocente.

Ana Graciela Feoli
DNI: 13.088.968

(Fuente: ambitoweb - 27/12/2002 - Gente enojada - cartas de lectores)

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E N C U E S T A
Padre Grassi:
¿Inocente o culpable?




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